Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 10 de mayo de 2026, VI Domingo de Pascua

“Si me aman, guardarán mis mandamientos” Juan 14, 15

Hermanos,

Ya estamos cercanos a Pentecostés, que ustedes saben bien que celebraremos la venida del Espíritu Santo. El Señor Jesús está en estos encuentros, en estas conversaciones, en estos sermones a los discípulos que Él les decía, y que los discípulos recogieron con fidelidad. Seguro que allí no había ninguno que escribía, como ahora la gente que va a un lugar y lleva un papel y un lápiz, imagínense ustedes antes hacer eso.

Pero la gente lo guardó. En aquellos momentos las personas humanas tenían muy desarrollado el sentido del escuchar y del retener. Por eso es que tantas historias, leyendas, hasta textos científicos de todo tipo, se conservaban a través de la tradición oral, sobre todo las historias de los pueblos, las canciones, etcétera.

Entonces, ellos se grabaron bien estas cosas, porque se supone que según dice, Él lo dijo antes de su pasión. Seguro que ellos escuchaban todo esto y después de la pasión de Cristo, después de su resurrección, que Él estuvo esos 40 días con ellos enseñándoles, animándoles, dándoles fuerza, dándoles instrucciones, lo que deben hacer, tienen que continuar mi obra. Y después la ascensión, la experiencia de que parecía que se iban a quedar solos, desamparados, pero que el Señor les dijo, «Yo estoy aquí, yo estoy aquí.» Y de después la venida del Espíritu Santo, que hizo que salieran a predicar el Evangelio. De ahí nosotros vemos como Pedro enseguida salió a predicar.

Dice, «Todo aquello que Jesús les había dicho a ellos y que ellos guardaban en su corazón y que transmitían, ¿tú no te acuerdas cuando dijo esto?» Me estoy imaginando esos encuentros, reuniones de los apóstoles, ¿y ustedes no se acuerdan cuando Él nos dijo tal cosa? O cuando sucedía algo ¿Qué nos pasa a nosotros hoy? ¿No te acuerdas que se nos dijo tal cosa? Fíjate, ¿eh?, entonces, ellos lo plasmaron y está aquí.

Y una de las cosas que el Señor nos quiere decir hoy es que Él no nos deja solos. Que él va al padre, está en el padre. Por eso él dice, «Yo estoy con él. Yo estoy con él.» estoy vivo. En ese día ustedes comprenderán que yo estoy en el Padre y que ustedes están en mí y yo en ustedes. Como diciendo, no los dejo solos. Sino al contrario, estamos más unidos que nunca. Porque creemos en la fe, tenemos la seguridad, la certeza de que el Hijo de Dios está vivo entre nosotros, nos salva, y que el Espíritu Santo nos va a guiar, como guió a aquella primera comunidad cristiana.

¿Cuántas situaciones difíciles tiene la iglesia? Ahora, en África, esas persecuciones a tantos cristianos que ni la deben ni la temen, y en tantos otros lugares que son marginados, son cuestionados. Por eso la lectura de Pedro que pasaba esas cosas, él decía, «No cojan miedo por lo que le digan de ustedes, ustedes con humildad prediquen la palabra de Dios y vivan según la palabra de Dios, porque es el testimonio que ustedes dan. Y con su presencia y con su palabra hacen posible que la gente entienda que la vida tiene sentido y que Cristo está vivo en medio de nosotros. Y que ese Salvador, es Cristo Jesús que muere en la cruz por nosotros”.

Pues entonces, hermanos, en esta lectura Él les dice, «Ustedes comprenderán que yo estoy en mi Padre y que ustedes están en mí, y yo estoy en ustedes.» Y aquí viene entonces el consejo, la petición, la norma, es decir ¿Cuál es el camino? Decíamos el domingo pasado que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. ¿Cuál es el camino? ¿Cómo conocemos que Cristo nos guía y nos da la verdad en su palabra? Y aquí él nos dice, «El que conoce mis mandamientos y los guarda”, no basta conocerlo, hay que guardarlos, hay que vivirlos. Ése es el que me ama a mí, y yo también lo amaré y me mostraré a él.

Hermanos, ésa es la certeza que tenían los apóstoles. Dios me ama de tal manera, me imagino aquel día de Pentecostés, que ya lo vamos a comentar en los domingos que vienen, dándose cuenta los apóstoles de lo que significaba esa palabra, «Dios está en nosotros, Cristo está con nosotros vivo. El Espíritu Santo nos lo ha revelado, nos ha dado conocimiento, nos ha dado la sabiduría, el entendimiento, para comprender estas cosas y la vida de ellos se transforma”.

Se transformó la vida de ellos. Del miedo pasaron a la seguridad, de la incertidumbre a las certezas, del sentirse apocado, poca cosa, marginado, a tener valor para, como dice Pedro en su carta, como dije ahorita, justificar que Cristo es el Señor, pero hacerlo sin vanagloria, sin prepotencia, humildemente como lo fue Cristo. Si nosotros decimos que amamos a Dios, tenemos que guardar sus mandamientos.

Si el domingo pasado dijimos que Él era el camino, la verdad, la vida, y anteriormente pasado dijimos que era la piedra angular, vuelvo a repetir de nuevo, hermanos, que, si nosotros queremos ser fieles en el Señor, tenemos que guardar sus mandamientos, y para eso es tener la palabra de Dios y a Cristo, como esa roca angular, que es el centro de mi vida, que no me puedo desviar, porque si me desvío el edificio que sostiene esa roca angular, se puede caer. Nosotros tenemos que construir sobre la roca firme que es Cristo. Entonces, hermanos, esa seguridad de saber que el Señor Jesús está en mí, que Dios me ama, que Cristo y el Padre enviaron el Espíritu Santo para salvarnos, para indicarnos el camino de salvación, no nos abandona, nos da esperanza.

En el texto en el texto de Pedro también se nos dice “ustedes son testigos de la esperanza, ustedes deben de llevar la esperanza”, a nosotros. Yo creo que si en esta situación tan trágica, porque es trágica y dramática, que está viviendo el pueblo cubano, yo creo que los cristianos tenemos que dar, ser signo de esperanza. Ser signo de esperanza. En las cosas materiales, no podemos resolverlas. En las cosas estructurales de que una nación, cómo se organiza una nación, vaya, tenemos muy poco que ver, porque muchas veces no podemos hacerlo, porque se nos dificulta precisamente tratar de procurar los cambios necesarios para hacer, pero por otro lado tenemos que ser signo de esperanza.

Lo que pasa, hermanos, no importa, al final la palabra de Dios va a triunfar y al final la palabra de Dios es la que nos guía, y el Señor se quiere encontrar con nosotros. ¿A dónde? En la casa del Padre, allá en la gloria junto a Él. Tengamos esperanza. En los momentos más difícil, “Señor, en ti confío. Dame fuerza”. Hermanos, así vamos a ayudar a los hermanos. No podemos ayudarlos con muchas cosas materiales tan necesarias por tanta carencia, pero sí tenemos que darle la palabra de Dios, que es vida, y el que es de Dios, la acoge. El que se da cuenta que necesitamos la fuerza de Dios, siendo humilde, la recibe. Y nosotros tenemos que precisamente pedir esa presencia de Dios en nosotros, ese espíritu que nos guía, que es Espíritu de fortaleza y de sabiduría, y por eso tenemos que irnos preparando desde ahora.

El ejemplo que nos ponen las lecturas de hoy es el de Felipe. Felipe, un uno de los discípulos del Señor. Ustedes saben bien que Samaria y el pueblo de Israel eran enemigos acérrimos. No se trataban, no se hablaban. Eran vecinos, procedían de un mismo origen, pero qué va. Eso pasa en muchas familias. Y la cosa se amplifica cuando en el mundo, esas tantas discordias o dentro de un mismo país, una gente trata de ponerse por encima de los demás. Eso pasa.

Pero Felipe era un hombre lleno del espíritu. Y dice que Felipe se puso, fue a Samaria. Ellos también necesitan la palabra de Dios porque Cristo vino para todos, voy allá. Y se puso a predicar y muchos le escucharon, y muchos le siguieron, y muchos se bautizaron, y la comunidad cristiana empezó a surgir allí entre los enemigos de Israel. Porque la palabra de Dios es capaz de convertir, de cambiar, de hacer nuevas las cosas. De tal manera que como iglesia dice que la comunidad de Jerusalén, de los apóstoles, mandó a Pedro y a Juan. Y ellos y le pidieron, «Danos ese Espíritu que guía al pueblo”. Y dice que ellos le dieron el Espíritu Santo, se lo dieron poniéndole las manos.

Entonces, hermanos, vamos a tratar nosotros de ser fieles. Vamos a pedir la fuerza del Espíritu para entender la palabra de Dios, para saber aplicarla a nuestra vida. ¿Y Jesús que hubiera hecho en este momento? Y también para que nos dé la fuerza de salir a anunciar a Cristo Jesús, nuestro Salvador, a todos los pueblos. Cuba necesita eso, hermanos. En la medida que nuestro pueblo no tiene a Cristo como guía, nos podemos desviar por muchos lugares. No solamente nosotros, todos los pueblos.

Pidamos al Señor que nos ayude a ser testigo de Él de palabra y de obra, en nuestra familia, entre los amigos, en la comunidad cristiana, en la sociedad civil, donde quiera que estemos. Que Dios nos ayude a vivir así.

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