Queridos hijos e hijas, buenos días.
Hoy, el Evangelio según San Juan nos regala unas palabras de Jesús que parecen dichas especialmente para este día:
“Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito, el Espíritu de la verdad, para que esté con ustedes para siempre… No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (Jn 14, 15-18).
Qué consuelo tan grande, qué promesa tan hermosa en medio de un mundo que a menudo nos hace sentir solos, cansados o huérfanos de esperanza.
En estos días, cuando celebramos a nuestras madres, pensamos en ese amor tan concreto, tan cotidiano, tan lleno de pequeños gestos. Pues bien, Jesús nos dice: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”.
No hay amor verdadero sin compromiso. No hay amor cristiano sin obediencia al Evangelio. Y los mandamientos de Jesús se resumen en uno: ámense los unos a los otros como yo los he amado.
Ese mandamiento se escribe cada día en la familia: en saber pedir perdón, en compartir la mesa, en rezar juntos, en ser pacientes con los defectos del otro.
Jesús promete no dejarnos huérfanos. ¡Qué palabra tan fuerte en este día de las madres! Porque también hay hogares donde duele la ausencia de una madre, donde la soledad pesa.
Pero el Resucitado nos dice: “Volveré a ustedes”. Y su regreso es el Espíritu Santo, el que nos recuerda que somos hijos de Dios.
Y si somos hijos, formamos una familia. Por eso, hoy iniciamos la Jornada Nacional de la Familia no como un evento más, sino como una respuesta a esa promesa: queremos construir hogares donde nadie se sienta huérfano, donde los ancianos no sean descartados, los niños no sean olvidados, los esposos no caminen solos.
Miren qué bello: Jesús dice “Yo vivo, y ustedes también vivirán”. Eso es Pascua. La vida de Cristo resucitado entra en nuestra casa.
Y esa vida se parece mucho a una madre: la que madruga, la que ora, la que espera, la que da la vida sin esperar nada a cambio.
La Virgen María es el modelo perfecto de este amor. Ella guardó los mandamientos en su corazón. Ella no quedó huérfana porque supo que Jesús vive. Ella nos enseña que la familia es la escuela donde aprendemos a ver a Dios con ojos de hijo.
Hoy, queridos fieles, al celebrar a nuestras madres, al comenzar la Jornada por la Familia, los invito a hacer una cosa muy sencilla:
Esta noche, antes de dormir, que cada familia tome un momento para leer juntos este Evangelio: Juan 14, 15-21.
Luego, que cada uno mire a su mamá, a su papá, a sus hijos, y diga: “No te dejaré huérfano. Aquí estoy, porque Cristo vive”.
Y si hay alguna mamá que nos escucha sola, que siente que su hogar está roto, recuerde: Jesús le dice: “Mi Padre y yo haremos morada en ti”. Tú no estás sola. El Espíritu Santo está en tu corazón.
Sigamos caminando juntos. En esta Pascua, con nuestras madres y nuestras familias, seamos testigos de que Cristo vive y no nos abandona.
Que así sea. Que María de la Caridad, Madre de Dios y Madre nuestra, ponga a Jesús en nuestro corazón.
