Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, el domingo 10 de mayo de 2026, por el día de las madres

Queridos hijos e hijas: José Martí escribió: “Toda madre debiera llamarse maravilla”. Y en eso todos estamos de acuerdo. Porque el amor de una madre no busca su propio interés, no es un amor por conveniencia, ni espera nada a cambio; el amor de una madre no es el amor de un día, y ya; el amor de una madre sabe sufrir y respetar las decisiones de los hijos y sabe perdonar una y otra vez; el amor de una madre deja libre a quien ama, y no lo esclaviza.

Las madres sufren más de lo que uno se imagina o puede ver. A ellas les ha tocado en momentos más difíciles inventar qué cocinar, hacer jabones a partir del maguey, resolver con qué combustible cocinar, estirar el pedacito de carne para que dé más comidas, virar los cuellos rotos de las camisas para que puedan durar un poco más, remendar una y otra vez los pantalones de sus hijos, gastarse la vista tejiendo medias y abrigos para sus hijos, etc. Y ellas, tal vez, queriendo pintarse las uñas o teñirse las canas… y no tener tiempo ni dinero para poder hacerlo…

Queridos oyentes: En un día como hoy, los sentimientos en muchos puede que sean distintos.

Quizás para algunos de ustedes éste es el primer Día de las Madres sin la compañía de su mamá, recién fallecida. Que les consuele recordar que no han quedado huérfanos porque Jesucristo, desde la cruz en que estaba clavado, en aquel primer Viernes Santo de la historia, nos dejó a su madre, la Virgen María, como madre nuestra.

Quizás haya madres que no reciban hoy un abrazo de sus hijos porque éstos están lejos de casa, en otro país donde han decidido ir a vivir o trabajar.

También habrá hijos presos que hoy no podrán compartir el almuerzo con sus madres. Y ellas también los extrañarán a ellos.

Puede que también éste sea el primer Día de las Madres para esa mujer que ha dado a luz recientemente y tiene a su criaturita cargada entre sus brazos.

Son sentimientos muy distintos, pero la oración por todas ellas es la misma.

Vaya, pues, nuestra oración por las madres de muchos hijos que, a pesar de no tener mucho dinero, no tuvieron miedo en tenerlos, ¡y cuantos más mejor!… Ellas, como nuestras abuelas, se animaban diciendo que “todo hijo nace con un pan debajo del brazo”

Nuestra oración por tantas mujeres, casadas o solteras, que no pudieron tener hijos, pero que se han portado como madres con muchos de los oyentes…

Nuestra oración por las monjas, esas mujeres que renunciaron a ser madres de dos o tres o cinco hijos, para ser madres de muchísimos más: blancos, negros, niños, ancianos, enfermos del cuerpo o del alma, alcohólicos, santos y pecadores…

Nuestra felicitación a todas aquellas mujeres que supieron vencer el qué dirán o malos consejos de tanta gente y lograron tener su hijo a pesar de las muchas presiones que recibieron para que no lo tuviera.

Nuestra oración por las madres de niños minusválidos o diferentemente capacitados. ¡Es muy grande el testimonio que nos dan de entereza, de paciencia, de cariño para con sus hijos! ¡Sé de una madre camagüeyana que, prácticamente, vivió en un hospital cuatro años al lado de la cama donde estaba su pequeña hija enferma!

Nuestra oración admirada por esas madres ancianitas que se resisten a descansar y todavía barren el patio, sacan la basura, escogen el arroz, le echan comida a los animales, cuelan el café de por la mañana y hasta cosen alguna ropa aunque alguien más joven tenga que pasarle el hilo a la aguja. Personalmente, hoy quiero rezar por María de Jesús y Antonia, dos abuelas camagüeyanas que no dejan pasar un domingo sin escuchar el mensaje del Obispo por la radio.

Y, por supuesto, nuestra oración también por las madres difuntas. Todos los que hemos pasado por la muerte de la madre, sabemos que se trata del primer dolor que un hijo pasa sin la compañía de la madre. Recemos para que ellas descansen siempre en las manos paternales de Dios. Y que no olvidemos los buenos consejos que nos dieron e imitemos su ejemplo. Será una manera de mantenerlas vivas entre nosotros.

Queridos hijos e hijas: Permítanme unos consejos sacados de mi pequeña experiencia personal. Pidámosle a Dios su ayuda para que nosotros, los hijos, amemos intensamente a nuestras madres, y que les demostremos cada día nuestro amor agradecido. ¡Sería terrible esperar a que se estén muriendo para entonces correr a tener gestos de cariño con ellas buscando, tal vez, que nuestras conciencias queden después tranquilas!

Ojalá que desaparezcan del vocabulario cubano algunas frases que, lamentablemente, a veces se escuchan: “Mi madre me tiene hasta aquí” (y nos tocamos la cabeza)… ya no la resisto…tengo que hacérselo todo… Pidámosle a Dios la paciencia necesaria para atender a nuestras madres ancianas, enfermas, encamadas, con la mente débil… Paciencia que también ellas tuvieron con nosotros cuando éramos niños y no avisábamos a la hora de hacer nuestras necesidades… Y gritábamos cuando teníamos hambre…

Y ojalá que también desaparezca una mala costumbre cubana que se ha abierto camino entre nosotros: en vez de felicitar a la embarazada que nos da la noticia de su embarazo, la criticamos diciéndole: “Pero ¿tú estás loca?

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