Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, párroco de la parroquia de El Cobre y Rector del Santuario Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 12 de julio de 2026, Domingo XV del Tiempo Ordinario

“Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga»

Mateo 13, 8

Mis hermanos,

Hoy se nos presenta la parábola del sembrador. Y qué bueno identificar a Jesucristo como ese sembrador que va cosechando en nuestra vida. Fíjense que hay un tiempo para todo. Hay un tiempo en el que somos llamados, yo diría cautivados, enamorados por Jesús. Somos llamados y Jesús deposita en nuestra vida, en nuestro corazón su semilla. Semilla de vida. Semilla de amor.

Y el Señor que está con nosotros siempre, aún en momentos difíciles, insiste en ser Él, ese sembrador que no solamente planta la semilla, sino que después es capaz de cuidarla, regarla, cultivarla para que esa planta crezca fuerte y dé frutos.

Pero algunas veces sucede que esa planta de nuestra vida de repente puede verse marchita, enferma, débil y sin capacidad de dar frutos. ¿Por qué?, nos preguntamos, ¿por qué a veces un mismo sembrador, nuestro Dios, el dador de vida siembra en algunos lugares y no cosecha y sin embargo siembra en otros lugares y sí cosecha?, ¿por qué? Bueno, evidentemente depende también de nosotros. Depende de cómo esté esa tierra donde el Señor siembra. Si nosotros somos capaces de preparar bien esa tierra para que la planta crezca y dé fruto, evidentemente el Señor siembra con su palabra. Y aquí nos encontramos el primer llamado. Hace falta estar atentos.

En este mundo tan convulso mucha pero mucha gente en vez de escuchar la palabra de Dios se escucha a sí misma. Y a veces pensando que está escuchando la palabra de Dios, simplemente se está escuchando a sí mismo. Son las personas que escuchan, pero no entienden o muchas veces no quieren entender. Evidentemente cuando hay soberbia, orgullo, odio, resentimiento, deseos de venganza, ahí no puede dar su fruto la Palabra de Dios. Porque la Palabra de Dios es amor. Dice la primera lectura, «la palabra de Dios no viene sin dar fruto”. La palabra de Dios espera el fruto. El Señor desea que tú y yo demos frutos, frutos buenos y abundantes.

Vemos en la parábola del sembrador los diferentes tipos de tierra donde cae la semilla del Señor. Vamos por parte. Algunas de estas semillas cayeron cerca del camino. O sea, no cayeron bien en la tierra. Y vienen las aves y se la comen. Son las veces en que el Señor quiere dejar su mensaje en nosotros, pero ese mensaje fue acogido tan superficialmente que cualquiera viene o nos quita el mensaje, o nos tergiversa el mensaje. Y ciertamente en la iglesia decía, nos ha pasado mucho, gente que nos tergiversa el mensaje y que lo pone a su conveniencia.

Después lo está el grano que cae en piedra y como hay poca tierra brotan pronto, pero el sol las quema y por falta de raíces se secan. O sea, evidentemente cuando somos duros, cuando no somos dóciles a esa palabra, a la acción del Espíritu, quizás a veces podíamos pensar que nos hacemos duros por nuestra historia, por el daño que hemos recibido, por eso a veces es muy importante sanar para después poder ser cultivado y dar fruto. No se puede cultivar en la piedra. Tiene que haber tierra, tierra buena, fértil. Y el sol, cuando esa semilla está en la piedra, el sol las quema, mata la semilla. No le permite echar raíces.

Otros granos caen entre las espinas, crecen las espinas y la ahogan. Nuestra vida tiene espinas, tiene rosas, tiene espinas. Hay personas que se acostumbran a vivir en la espina. Y no solamente que se acostumbran a vivir en la espina, en un dolor masoquista, en un dolor que se constituye en círculo vicioso, en un dolor del cual no se sale nunca y además no solamente viven en ese dolor encerrado, sino también que quieren que los demás también tengan que vivir en medio de espinas, de vivir en medio del dolor. No conciben a alguien que no esté en un estado permanente de espinas. Bueno, evidentemente, si esa semilla del Señor está rodeada de espinas y nosotros tenemos muchos agobios, hay que tener mucho cuidado. Porque puede ser que en medio de tantos agobios que vivimos de repente, de repente nos veamos el sol, que las espinas nos impidan ver el horizonte, ver el sol, levantarnos, germinar. Por eso hay que cortarlas, las espinas.

Otros finalmente caen en tierra buena y producen unos el 100, otros el 70 y otros el 30 por uno. Claro. Yo creo que depende entonces de cómo tú y yo tenemos esa tierra que es nuestra vida en la cual siembra el Señor. Y a veces nos decimos, ·bueno, ¿Y dónde está el Señor? ¿Y por qué estoy así? ¿Y por qué no salgo de mi agobio? ¿Y por qué a pesar de que voy a la iglesia me siento así tan mal y por qué me siento triste?” Incluso hay personas que cambian de lugar, salen de Cuba, van a otros países y siguen viviendo en el agobio. Y siguen viviendo tristes. ¿Por qué? Porque evidentemente si uno no tiene el valor, la determinación, la voluntad de preparar la tierra donde el Señor siembra, bueno, así será la cosecha.

El Señor cuenta con nosotros, el Señor no nos va a salvar sin nosotros. Hay una parte que nosotros tenemos que aportar. Y el Señor necesita que aportemos la parte que nos toca. Definitivamente en el odio no nace nada bueno. Jamás. El odio hace estéril la tierra. El odio nunca es justificable. El odio no es punto de partida para construir nada, e incluso la justicia cuando se ampara en el odio se aniquila a sí misma. Y por eso la iglesia habla de amor 360 grados. No hay tierra que pueda dar fruto, si no es la tierra labrada, cuidada desde el amor.

Vamos a pedirle al Señor por medio de nuestra Madre, la Virgen. ¿Qué quiere decir Virgen de la Caridad? ¿Qué quiere decir caridad? Quiere decir amor. Vamos a pedirle a María, que supo de dolor y supo de amor, que nos ayude, que nos ayude a poner la parte que nos toca. Para que el Señor pueda hacer la suya, y podamos lograr tantas cosas importantes para nuestra vida y la vida de las personas que nos rodean, nuestra familia, nuestras naciones.

Que así sea.

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