Queridos hermanos y amigos:
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la del sembrador. A primera vista podría parecer que el centro del relato son los diferentes tipos de terrenos. Sin embargo, antes de fijarnos en ellos, conviene detenernos en el sembrador. Él sale a sembrar con generosidad, sin hacer distinciones, sin calcular dónde caerá cada semilla. Así es Dios: no se cansa de sembrar su Palabra en el corazón de cada persona. Su amor no conoce límites ni exclusiones; ofrece a todos la posibilidad de una vida nueva.
Escuchemos atentamente el Evangelio de este domingo que quiere hablarnos al corazón:
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ILUMINACIÓN BÍBLICA
Evangelio Dominical: Mateo 13, 1-23
Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:
“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.
Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán, mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, no oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.
Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes, lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto. En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.
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La semilla siempre es buena; el desafío está en el corazón. La semilla representa la Palabra de Dios, viva y eficaz. El problema nunca está en la semilla, sino en la disposición del corazón que la recibe. Jesús describe cuatro terrenos que, más que personas distintas, representan situaciones que pueden darse en la vida de cualquiera de nosotros. Hay momentos en que nuestro corazón se endurece como el camino por el agobio diario, la desesperanza, el cansancio, la rutina o la indiferencia…, y la Palabra apenas logra penetrar. En otras ocasiones la recibimos con entusiasmo, pero sin permitir que eche raíces profundas, de modo que las dificultades terminan apagando nuestra fe.
También están los espinos, que simbolizan las preocupaciones, el afán de poseer, la búsqueda del éxito, el miedo al futuro y tantas cosas que ocupan el lugar que solo Dios debería tener. No siempre rechazamos el Evangelio; muchas veces simplemente lo dejamos sin espacio para crecer. La Palabra queda sofocada por el ruido, las prisas y las preocupaciones de cada día.
Pero Jesús termina con una gran esperanza: existe la tierra buena. Ese terreno es el corazón que escucha, comprende y persevera. No es un corazón perfecto, sino disponible, humilde y abierto a dejarse transformar. La fecundidad del discípulo no depende únicamente de sus capacidades, sino de su docilidad a la acción de Dios. Por eso los frutos son distintos: unos producen ciento por uno, otros sesenta y otros treinta. El Señor no nos compara con los demás; espera que cada uno dé el fruto que puede ofrecer desde la gracia que ha recibido.
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SALMO 64
Antífona: Señor, danos siempre de tu agua.
Señor, tú cuidas de la tierra,
la riegas y la colmas de riqueza.
Las nubes del Señor van por los campos,
rebosantes de agua, como acequias.
Tú preparas las tierras para el trigo:
riegas los surcos, aplanas los terrenos,
reblandeces el suelo con la lluvia,
bendices los renuevos.
Tú coronas el año con tus bienes,
tus senderos derraman abundancia,
están verdes los pastos del desierto,
las colinas con flores adornadas.
Los prados se visten de rebaños,
de trigales los valles se engalanan.
Todo aclama al Señor.
Todo le canta.
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Queridos hermanos y amigos, el Evangelio de este domingo también es una invitación a preguntarnos qué clase de tierra somos hoy. No basta haber escuchado muchas veces la Palabra de Dios; es necesario permitir que transforme nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras relaciones. La conversión consiste precisamente en remover la tierra del corazón, arrancar los espinos, romper la dureza del camino y dejar que las raíces de la fe se fortalezcan en la oración, los sacramentos y el servicio a los hermanos.
En medio de las dificultades que experimenta nuestro pueblo, esta parábola adquiere una fuerza especial. Dios continúa sembrando esperanza donde parece haber desánimo, sembrando reconciliación donde existen reales divisiones y sembrando fe donde muchos creen haber perdido toda esperanza. El Señor sigue confiando en nosotros y sigue creyendo que nuestro corazón puede convertirse en tierra fértil.
Pidamos en este domingo la gracia de escuchar con atención la voz del Señor y de custodiar su Palabra con perseverancia. Que ella no pase de largo ni quede sofocada por las preocupaciones del momento. Que alimentada por la oración y sostenida por la comunidad cristiana, produzca abundantes frutos de amor, justicia, solidaridad y paz. Entonces nuestra vida se convertirá también en una buena noticia para quienes nos rodean, porque donde la Palabra encuentra un corazón disponible, siempre florece el Reino de Dios.
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ORACIÓN
Señor Jesús, Tú eres el Sembrador bueno que nunca se cansa de salir al encuentro de la humanidad. Cada día siembras en nuestro corazón la semilla de tu Palabra, aun cuando tantas veces encuentre en nosotros dureza, superficialidad o distracción. Gracias porque no dejas de confiar en nosotros y porque siempre nos ofreces una nueva oportunidad para comenzar de nuevo.
Haz de nuestro corazón una tierra buena. Arranca de él los espinos del egoísmo, del miedo, del desánimo y de las preocupaciones que sofocan tu presencia. Rompe la dureza de nuestras indiferencias y fortalece nuestras raíces para que, cuando lleguen las pruebas, permanezcamos firmes en la fe y perseveremos en el camino del Evangelio.
Danos oídos atentos para escuchar tu voz y un corazón dócil para comprenderla y ponerla en práctica. Que tu Palabra ilumine nuestras decisiones, transforme nuestras familias, fortalezca nuestras comunidades y renueve la esperanza de nuestro pueblo. Que nunca permitamos que el ruido del mundo apague la fuerza de tu mensaje de amor y de salvación.
Haz que nuestra vida produzca frutos abundantes de caridad, justicia, reconciliación, servicio y paz. Que quienes nos encuentren puedan descubrir en nuestras palabras y acciones la presencia viva de tu Reino. Y que, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo, seamos sembradores de esperanza allí donde haya tristeza, de fe donde haya incertidumbre y de amor donde haya división.
María, Madre de la Iglesia, mujer que acogió la Palabra con un corazón totalmente abierto, enséñanos a escuchar, guardar y vivir el Evangelio cada día, para que nuestra existencia dé frutos que permanezcan para la gloria del Padre.
Amén.
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Y que Dios Todopoderoso,
Padre, + Hijo y + Espíritu Santo, les bendiga y siempre les acompañe.
Amén
¡La semilla siempre es buena; el desafío está en el corazón!
¡Feliz domingo! Oficina de Prensa del Obispado de Santa Clara
