Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el XV domingo del Tiempo Ordinario, 12 de julio de 2026

Queridos hijos de esta amada Diócesis de Pinar del Río.

El Evangelio de San Mateo nos regala hoy una de las parábolas más hermosas y profundas de Jesús: la del sembrador. Una escena sencilla, campesina, que cualquiera de nosotros puede imaginar: un hombre que sale a sembrar, y la semilla cae en distintos tipos de terreno. Pero, como siempre, Jesús no se queda en la anécdota; nos invita a mirar dentro de nosotros mismos. La semilla es la Palabra de Dios, y el terreno somos cada uno de nosotros.

El sembrador no escatima semilla. La lanza abundantemente, sin calcular, sin saber dónde va a caer. Así es Dios con nosotros: no nos da su Palabra con cuentagotas, no la reserva para unos pocos, no la condiciona a nuestra respuesta previa. La derrama a manos llenas sobre todos. No importa si el terreno es bueno o malo, si el corazón está preparado o no. Dios siembra siempre, porque su amor no depende de nuestra respuesta, sino de su fidelidad.

Jesús nos describe cuatro tipos de terreno, que representan cuatro formas de recibir la Palabra:

1. El camino: es el corazón duro, pisoteado, cerrado. La semilla ni siquiera llega a entrar; viene el maligno y la arrebata. Es la persona que escucha pero no entiende, que no deja que la Palabra penetre porque su corazón está endurecido por el egoísmo, el orgullo o la indiferencia.

2. El terreno pedregoso: la semilla germina rápido, pero no tiene raíz. Es el entusiasmo superficial, el que se apaga ante la primera dificultad. Hay personas que comienzan con mucho fervor, pero cuando viene la tribulación, la persecución o el cansancio, abandonan. Su fe no está arraigada.

3. Los espinos: la semilla crece, pero los espinos la ahogan. Son las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas, los afanes de la vida. No es que estas personas sean malas, sino que su corazón está dividido; quieren seguir a Jesús, pero también quieren las seguridades del mundo, y al final el mundo termina asfixiando la fe.

4. La tierra buena: aquí la semilla da fruto, y da mucho. Es el corazón que escucha, que entiende, que acoge, que persevera. No es un corazón perfecto, sino un corazón disponible, dispuesto a dejar que la Palabra eche raíces profundas.

Esta parábola no es un examen para juzgar a otros, sino una pregunta para hacernos a nosotros mismos: ¿Qué tipo de terreno soy? ¿Dejo que la Palabra de Dios entre en mi vida o la escucho de manera superficial? ¿Persevero en la fe cuando vienen las dificultades o me desanimo fácilmente? ¿Dejo que las preocupaciones cotidianas ahoguen la Palabra? ¿O soy tierra buena, que recibe, guarda y da fruto?

San Pablo nos dice que “todo el que invoca el nombre del Señor se salvará”, pero también nos recuerda que “la fe viene de la escucha, y la escucha viene de la Palabra de Cristo”. Por eso, la calidad de nuestra escucha determina la calidad de nuestra fe.

Lo más hermoso de esta parábola es que el terreno no es definitivo. Un camino puede ser arado. Un terreno pedregoso puede ser limpiado. Los espinos pueden ser arrancados. Es decir, nuestro corazón puede cambiar. Podemos pedir al Espíritu Santo que ablande nuestra dureza, que profundice nuestras raíces, que arranque los espinos que nos ahogan.

Escuchemos con atención, dediquemos un momento cada día a leer el Evangelio y dejar que la Palabra hable a nuestra vida.

No nos dejemos vencer por las dificultades, recordemos que la fe se fortalece en la prueba.

Y quitemos los espinos de nuestra vida, identifiquemos una preocupación que nos aleja de Dios y pongámosla en sus manos.

Que María, la Virgen de la Caridad del Cobre, que guardaba todas las cosas en su corazón y las meditaba, nos enseñe a ser tierra buena. Que su ejemplo de escucha fiel nos ayude a recibir la Palabra con corazón abierto y a dar frutos de vida eterna.

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