Queridos todos: Dejemos que sea el mismo Jesucristo quien nos explique a nosotros, cristianos del siglo XXI, la parábola del sembrador. Él nos ha dicho que el sembrador es Dios, que la semilla es la Palabra de Dios y que los distintos lugares donde cae la semilla son nuestros corazones que reciben, de distinta manera, la semilla.
Jesucristo dijo que la semilla que cae en el camino no encuentra una tierra preparada. El camino representa la tierra pisada, dura, el terraplén, el rocoso, el asfalto. Son semillas que, lamentablemente, se perderán. Vendrán las palomitas, los pájaros, y se las comerán. Para Jesucristo esta situación representa a los que escuchan la Palabra de Dios con indiferencia y poca atención. Son las almas sin cultivo alguno, nunca roturadas, acostumbradas a vivir de espaldas a Dios. Son corazones duros. Escuchan la Palabra divina, pero fácilmente el diablo la arranca de sus almas. No se preocupan por entenderla ni aprecian su valor, y por eso no penetra en el fondo del alma, donde debía germinar y fructificar.
El segundo lugar donde caen las semillas, continúa explicando Jesucristo, es un lugar que tiene muchas piedras y las maticas no pueden echar raíces suficientes. Enseña Jesucristo que aquí están representados aquellos que dan fe a la Palabra de Dios y la reciben en un principio con cierto entusiasmo y alegría, pero por su ligereza de ánimo no la dejan echar raíces profundas, y a la primera persecución o contratiempo que les sobreviene por causa de su fe, ceden lamentablemente y, por la inconstancia de su corazón, abandonan fácilmente a Cristo y sus enseñanzas. Son almas superficiales, inconstantes, incapaces de perseverar. Tienen buenas disposiciones. Santa Teresa escribe:
“Hay algunos que después de vencer a los primeros enemigos de la vida interior, se les acabó el esfuerzo, les faltó ánimo, dejaron de luchar, cuando sólo estaban a dos pasos de la fuente del agua viva que dijo el Señor a la Samaritana que quien la bebiere no tendrá sed”.
Tenemos que pedir a Dios la constancia en los propósitos para comenzar y recomenzar una y otra vez.
Sigue Jesucristo enseñando que la tercera categoría representa a aquellos que han dejado dominar su corazón por las preocupaciones materiales y el amor a las riquezas que ahogan y matan la unión con Dios. Son las personas volcadas a lo material, con los ojos pegados a las cosas terrenas que no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Jesucristo ya nos había advertido: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt. 6, 21).
Finalmente, Jesucristo explicó que la semilla que cae en tierra buena y da fruto abundante representa la predicación del Evangelio que cae en un corazón bien dispuesto, libre de todos los obstáculos que pudieran impedir su germinación y crecimiento. En la tierra de Jesús, una cosecha del 7 por 1 era considerada una buena cosecha. Hablar, pues, de una cosecha del treinta, sesenta o ciento por uno debió resultar algo exagerado y sorprendente para los oyentes de Jesús.
Jesús quiso en aquel tiempo, y ahora también, animarnos a sus discípulos con la grandiosa cosecha final. A pesar del fracaso aparente y de su presencia oculta, la llegada del Reino es imparable, y el resultado final será maravilloso e incalculable.
Todos alguna vez hemos sembrado una mata. Y sabemos de malas hierbas, de regar, de abonar, de cuidar, de podar. Apliquemos esos ejemplos a nuestro crecimiento espiritual. ¿Qué frutos ha dado la semilla que Dios plantó en nosotros el día de nuestro bautismo? ¿Hemos sabido quitar las piedras y malas hierbas que hacen daño a la semilla sembrada en nosotros? ¿Vamos venciendo nuestros defectos que, como enredaderas alrededor nuestro, ahogan nuestra vida espiritual?
Rezamos para que Dios nos ayude a dar los frutos que Él espera de nosotros y que nosotros, por nuestra parte, vayamos venciendo el mal con el bien.
Que así sea.
