Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 5 de julio de 2026, Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» Mateo 11, 28

Hermanos,

Qué suerte tenemos nosotros. Hoy, tenemos suerte porque estamos escuchando la palabra de Dios. Porque vamos a celebrar la misa. Porque la comunidad está reunida. Porque estamos alabando a Dios. Qué mayor suerte que esa. Eso está diciendo que nosotros sí lo consideramos una suerte y una alegría, y un bien, y un don. Entonces nosotros vamos por el camino del Espíritu. Sí. Y el Señor siempre nos ha dicho, como hemos en los evangelios de los domingos, que tenemos que apegarnos al Señor, y nos apegamos al Señor cuando vemos sus cosas y las ponemos en primer lugar.

El domingo pasado venía aquel pasaje fuerte, quien quiera a su padre y a su madre más que a mí, etcétera, etcétera, etcétera. Y nos dimos cuenta de que eso no es ningún enfrentamiento entre el amor a Dios y al Padre, que hay muchos amores en la vida, el de novio, el de esposo, el de hijo, el de amigos, y, al contrario, en la medida en que nosotros nos apegamos a Dios, el amor al padre, el amor a la madre, el amor a los hijos, el amor a los demás, se fortalece porque nosotros estamos poniendo, todo ese cariño y afecto a esa persona que yo amo, en las manos de Dios.

También en estos días estamos leyendo la carta de Pablo a los Romanos, y él habla del bautismo. Y entonces decía aquella frase que con el bautismo hemos sido muertos con Cristo, para por el bautismo resucitar con Él a la vida eterna. Entonces, uno sigue leyendo el texto de Pablo a los Romanos y él dice, ¿por qué?, porque muriendo en Cristo, que murió al pecado, mató al pecado con su muerte y con su resurrección, nosotros también al unirnos a Cristo, debemos morir al pecado, para también nosotros contribuir a la resurrección y al bien de todos. Cristo nos alcanzó la salvación y nosotros unidos a Él, hacemos este mundo mejor, y hacemos este mundo más acorde al pensamiento bueno, bondadoso de Dios para cada uno de nosotros.

Así que recordémonos, morir en Cristo significa morir al pecado, y morir al pecado significa una decisión nuestra de decir, «Señor, me aparto de todo aquello que me aparte de ti que, es decir no quiero seguir nada de aquello que me aparte de ti. Morir al mal para que como Tú has resucitado entre los muertos, haciendo el bien, nosotros también algún día resucitaremos”. Y las lecturas de hoy van en esa línea. Es como una continuación. Ustedes no se dejen conducir por la carne, sino por el Espíritu, que el Espíritu de Dios habite en ustedes.

Claro, el Espíritu del Señor habita en cada bautizado. Uno de los ritos del sacramento del bautismo es que el sacerdote unge con óleo la frente del bautizado y le dice, «Quedas consagrado, que el Espíritu Santo habite en ti.» Y todos los bautizados, a lo mejor no lo tenemos muy en cuenta, el Espíritu vive en nosotros. Él está ahí, aunque no me dé cuenta, aunque lo ignore, aunque hay veces que desgraciadamente lo rechace porque no quiero seguir la palabra de Dios. Pero el Espíritu del Señor está ahí, está en nosotros. Entonces dice a continuación, «Todo aquel que vive en el Espíritu es de Cristo, ha sido salvado en Cristo Jesús”. Todo aquel que se aparta y vive de la sobra de la carne, y en este caso los apóstoles cuando hablaban de la carne y el espíritu, era precisamente la carne aquello que nos aparta de Dios, aquello que hace que solamente nos fijemos en el instante que estamos presente, con las cosas que estamos presentes y no tenemos nada que ver con Dios.

Vivir en el espíritu es vivir según la palabra de Dios. Vivir con la carne es vivir cotidianamente la vida, una vida que se acaba. Disculpen que lo repita tanto, pero que es importante, porque estamos viviendo en un mundo que lo inmediato nos desborda y nos llama mucho la atención. Entonces, la vida nuestra se nos va en eso.  Pero demos cuenta que es importante luchar por la vida, pero más importante es luchar por la vida en el Espíritu, no apartándonos de Él. Entonces, como bautizados, el Señor nos llama, «Vivan según el Espíritu, porque ustedes por su bautismo han muerto al pecado y han renacido a la nueva vida de Dios que es del Espíritu”.

Hermanos, pidamos siempre eso. Y no nos enredemos buscando ¿y el Espíritu qué me dice? La palabra de Dios te lo está diciendo, hoy me lo está diciendo a mí. Que tú tienes que ser, que debemos ser más fieles a nuestro bautismo, sabiendo que el Espíritu está en mí. Hermanos, qué maravilla. Si nos alegramos por estar aquí, más maravilloso y más alegría produce saber que el Espíritu de Dios habita en mí. ¿Quién conoce eso? ¿Quién lo conoce? Pregúntenlo en la calle. ¿El Espíritu de Dios habita en ti?, a ver qué dicen. A ver qué nos dicen. ¿Qué hace el Espíritu de Dios que habita en ti?

Por eso que el Señor Jesús en el evangelio después que nos dice estas maravillas. En el evangelio dice, «Padre del Señor del cielo y de la tierra, yo te alabo porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y a los prudentes, y yo diría a los poderosos, aquellos que se creen que ya tienen el dominio de todas las cosas, y las revelaste a la gente sencilla”. Sí, hermanos, si nosotros aceptamos esto, vivir en el Espíritu, que el mundo rechaza, nosotros tenemos que alegrarnos porque el Señor nos ha manifestado esta verdad. Dios, Jesucristo, está vivo entre nosotros. Nos ha enviado su Espíritu Santo para que guíe mi vida.

Fíjense bien que los textos de hoy, son textos que reafirman la naturaleza divina de Jesús, el poder de Jesús, la resurrección de Cristo para que se nos quede metido en la cabeza. Sí, la vida no es solamente las preocupaciones diarias. Eso tenemos que resolverlo, eso tenemos que luchar por ello, eso tenemos que pedir justicia, hacer justicia y trabajar por la justicia, por el bien, pero lo importante es saber que el Espíritu de Dios habita en mí, que el Señor me lo ha revelado a mí. Gracias, Señor.

El domingo participé En una misa aquí de fin de un retiro de Emaús. Qué alegría encontrar a tanta gente que se sintió atraída por Dios y comprometida con Dios. Con el espíritu de Dios. Cada vez que eso pasa, hermanos, es para glorificar al Señor y decir, «Señor, yo te alabo porque me has descubierto a mí que tú eres mi Señor y mi salvador”. Pero sigue diciendo más cosas. “Vengan a mí los que están cargados y agobiados porque yo les aliviaré”. Hermanos, hay tanta gente pidiendo ayuda. Y la ayuda no basta. La ayuda que viene no basta. Tanta gente pidiendo ayuda. Muchas veces nosotros queremos ayudar, dar y nos quedamos en la duda, lo doy, si lo doy, pues mi familia se queda…, pero sé que tengo que hacer algo.

El Señor nos dice, Él lo propone, yo no tengo que pedirlo, “Vengan a mí, los que están cansados y agobiados que yo les voy a aliviar.» ¿Y el Señor con qué me alivia? El Señor me alivia con el Espíritu de Dios que me da fuerza para resistir, y fuerza para esperar, y fuerza para luchar. Es el Espíritu de Dios, además con la promesa grande de que, si he muerto con Cristo, voy a resucitar a la vida eterna.

¿Cuántos pensamos en nuestra muerte y en la vida eterna? Eso es lo que nos dice el Señor. “Vengan a mí los que se sienten cargados y agobiados porque yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón. Ya que hemos sido unidos a Cristo y muerto con Cristo, carguen con mi yugo y aprendan de mí, y sus almas encontrarán alivio. Pues mi yugo es bueno y mi carga ligera”.

Hermanos, vivamos así. En estos momentos duros que estamos pasando, tengamos este evangelio ahí en nuestra cabeza, nuestra frente, en nuestros ojos. Sí, Señor. El yugo tuyo es bueno. Tristes son los yugos que la vida muchas veces nos pone. Además, el yugo tuyo tiene victoria. Es un yugo de victoria porque nos va a alcanzar la vida eterna. Mantengámonos unidos al Señor.

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