Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 19 de abril de 2026, III Domingo de Pascua

“Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan” Lucas 24, 35

Hermanos,

Avanzamos en el tiempo de Pascua. Estamos acompañando a los apóstoles que estaban experimentando a Cristo resucitado y al mismo Jesús, que quería dar testimonio de su resurrección a sus discípulos, a los apóstoles, a su madre, a María también. Entonces, hagamos un pequeño recuento. Fíjense bien que las lecturas van de domingo en domingo.

La primera comunidad cristiana tuvo conciencia de que ellos ya no se asimilaban al culto judío, que tenía como día del Señor el sábado, porque según el primer relato de la creación, el sábado hasta Dios descansó. Fue una manera de decir que el sábado hay que dedicárselo a Dios. Pero los cristianos enseguida, claro, esto es, hermanos, por el Espíritu Santo, porque esto es obra de Él. Ellos se dieron cuenta de que el domingo tenía un sentido muy especial, es decir, particular, y que transmitía un mensaje.

Claro, si en los libros de la creación, que acuérdense bien, en el texto de la creación, que en la Vigilia Pascual la primera lectura era Dios creó al mundo, eso estaba muy presente. Los cristianos tuvieron enseguida conciencia de que Cristo en la cruz y su resurrección era una nueva creación. Es decir, aquella creación que Dios la hizo posible, que los astronautas desde ahí arriba ellos la percibieron, y alguno de ellos pues expresó esa fe y esa alegría de contemplar la grandeza de Dios en su creación. Ellos se dieron cuenta de que el Cristo en la cruz y su resurrección le había dado a la vida del hombre la plenitud. Por eso es que se dice que en Cristo hay una nueva creación. Todo lo que se hizo, ha sido hecho nuevo, porque todo está llamado a volver a Dios. Entonces, por eso que celebramos el domingo. Entonces, vamos de domingo en domingo.

El primer domingo, la resurrección es el asombro, el gozo, es el despertar, es también la inseguridad. ¿Será cierto lo que dicen las mujeres? ¿No se habrá robado el cadáver? Es verdad lo que dice Pedro, María Magdalena, Juan, cuando fueron, que dijeron, acuérdese bien, “vieron y creyeron”. Esa es la actitud, la vida, lo que vivieron aquellos discípulos en aquel momento, muy cerca, muy cercanos ellos estaban, eran los primeros. Pero vamos a hablar de ellos para después hablar de nosotros. Ellos eran judíos, conocían la ley. Conocían los profetas, esperaban el Mesías. Por lo tanto, ellos eso lo vivieron de una manera muy particular. Es decir, aquello que ese pueblo había esperado durante siglos, ellos eran testigos. ¡Imagínese cómo se sentarían ellos! Ellos tendrían un gozo desproporcionado.

Y ellos se preguntarían, «¿Por qué yo, Señor, ¿por qué nosotros?» Porque Dios quiso. De la misma manera que Dios quiso que estemos presentes hoy escuchando el evangelio. Y si tenemos esa noción de que Dios quiere que yo esté hoy escuchando el evangelio, es por algo. Por eso es que yo debo estar atento y hacemos silencio ante la lectura para decir, ¿qué es que Dios me quiere decir hoy a mí? Pues bien, hermanos, ese fue el primer domingo.

Ellos empezaron a vivir aquella seguridad y empezaron a comunicarlo. Porque un gozo grande hay que comunicarlo. Y se lo dijeron a Tomás que no estaba. Y Tomás dijo esa frase famosa, «Si no toco, si no veo, no creo”. Así es como la resumimos, en un refrán muy español pero que está sacado de aquí. “Si yo no meto mis dedos en sus yagas, no meto mi mano en sus costados, no creo”. Ver para creer. Entonces, pasó una semana, se iba corriendo el dato. Cristo ha resucitado. Imagínense cómo se sentirían los discípulos de sorprendidos, imagínense el resto de la gente. Pero llegó el domingo y Jesús vuelve de nuevo. Y se aparece, se encuentra, se hace encontradizo, se mete dentro del cenáculo sin abrir puerta ni nada, como diciendo, «Soy yo, pero ya yo estoy resucitado”, pero estoy aquí. Entonces ve a Tomás, y Tomás imagínense cómo se quedaría el pobre hombre diciendo, «Ay, no confié, no aprendí.» Y Jesús le dice, «Ven”. Y Tomás enseguida que lo vio le dice, buen hombre que era, «Señor mío, Dios mío, creo, creo, Señor, creo”. Fíjense que lo mismo que dijo, aunque lo repita, lo vuelvo a decir, que dijo la samaritana, «Yo creo que tú eres el Señor”. Que dijo el siervo de nacimiento, «Yo creo que tú eres el Señor”. Que dijo Marta la de Lázaro, «Yo creo que tú tienes poder de resucitar. Tú eres el Señor”.

Hermanos, son discípulos y eso es lo que se nos pide a nosotros. Proclamación de nuestra fe. Sí, yo creo. que Jesús es el Señor y me ha salvado. Eso es lo más grande que uno puede tener y decir. Entonces, hermano, termina este evangelio la semana pasada con aquel también famoso momento en el que dice, «Tomás, tú has creído porque has visto. Dichosos aquellos que crean sin ver”. Ahí nos está diciendo, dichosos a todos nosotros. Y como diciendo, «No solamente cree en mí aquel que me ve y que me toca, cree en mí aquel que la gracia de Dios, la fe que recibe, le hace contemplar las cosas nuevas, ese mundo nuevo, esa nueva creación”. Ese es el segundo domingo que pasó.

Ahora viene el tercer domingo, que también ocurre en estos momentos. Todavía seguro que eso ocurre. En el primer día de la semana, son cosas, son relatos que la ellos empiezan a hacer, pues yo lo vi en tal momento, yo vi esto, lo otro, yo esas son las escrituras, inspiradas por Dios. Entonces estos dos después que los discípulos se fueron, después de la resurrección que se fueron ellos trastocados, ¿cómo podía ser que había muerto? Muchos de ellos se metieron en el cenáculo con las puertas cerradas, ¿de acuerdo? bien, el miedo. Estos lo que hicieron fue salir. Y se fueron deprimidos, angustiados, defraudados.

“Tanta esperanza que teníamos, Señor, tanta esperanza”. Hermanos, eso somos nosotros. Son ellos, pero somos nosotros. Entonces se les acerca aquel personaje, que es Jesús. Y a ver, ¿De qué discuten ustedes? ¿Qué hablan? ¿Qué comentan? ¿Qué los tiene tan motivado? Me imagino aquella conversación a la que entra Jesús en medio de ellos. Entonces ellos le explican lo que había sucedido. Ha pasado esto, esto, esto, esto. Lo mismo que dijo Pedro aquella vez, lo mismo que nos dice en la primera lectura. Yo les vengo a hablar de ese Jesús que fue justo. Ese Jesús que muere en la cruz porque ustedes lo sacrificaron. Entonces ellos dicen lo mismo, ¿pero tú no sabes lo que pasó en Jerusalén?, y entonces le narran la historia que todos sabemos.

Y llega un momento en que Jesús les dice, «Ay, qué lentos, qué lentos son ustedes. Miren más allá de las cosas. Miren más allá”. Como ellos hablaban de la escritura, el Señor se fijaba en la escritura, ¿pero ustedes no se dan cuenta de que con esto se han cumplido las escrituras? Entonces yo diría que, si en el domingo pasado la enseñanza es “dichosos aquellos que crean sin haber visto”, la enseñanza de hoy, hermanos, “sean cercanos y fieles a la escritura”. Pedro repitió lo mismo que dice en las escrituras, por eso ese relato está en las escrituras.

Porque primero vino la palabra, empezaron a predicar, a enseñar, a decir lo que había pasado, lo que habían visto y oído, como dice uno de los autores de un libro del libro sagrado, lo demás es la fe. “Dichosos aquellos ustedes, hermanos, que crean sin ver. Nosotros tenemos la gracia de haber visto, pero dichosos ustedes”. Y así lo dice el Señor. ¿Qué es lo que el Señor le quiso decir a todos los hombres que están aquí? Les quiso decir, «Busquen las escrituras.» Después ocurre el acontecimiento ese precioso de que ellos no se dan cuenta, a pesar de la enseñanza de la palabra, porque puede ser que a nosotros nos hablen mucho y no le prestemos mucha atención, nos desviemos, nos distraigamos o no nos entra.

Pero vino entonces un momento de comunión, un momento de paz y Jesús fue, partió el pan, se los dio. Y el texto dice, de una manera preciosa, dice el texto, «Se les abrieron las entendederas”. ¿Cuándo se le abrieron las entendederas? Cuando se dieron cuenta de que todo lo que decía aquel Señor desconocido era cierto. Y cuando hizo el gesto de partir el pan, que eso se quedó grabado en los discípulos en la última cena, de tal manera que para ellos fue una confrontación, ¿seré yo, Señor, el que te voy a traicionar? Acuérdese la última cena. Y Jesús cogió el pan, lo partió, lo dio como signo de comunión, de entrega, de sacrificio.

Y ahí fue cuando ellos caen y dice, «Pero las escrituras se cumplen en este hombre que se ha manifestado”. Y se van. Y cuando los otros le dijeron, «Hemos visto al Señor.» Ellos llenos de orgullo, me imagino, dirían, «Nosotros también y partimos el pan con él”. Nos fijamos en eso. Entonces, hermanos, para nosotros, ¿quiénes somos nosotros? Hermano, pues nosotros tal vez somos personas completamente diferentes a estos hombres. Sí, completamente, o no, tal vez no somos diferentes. Ellos por primera vez se enfrentaban al Señor resucitado. Nosotros hemos recibido la fe por nuestros padres, por la tradición, por de mayores, un día nos bautizamos, alguien nos la enseñó, nos la transmitió. Pero nosotros tenemos que acudir a las escrituras.

Si algo nos dice este evangelio es, hermanos, las escrituras se cumplen en el Cristo Señor. Y la escritura es palabra de Dios. Y la escritura nos dice el camino. Entonces nosotros tenemos que ir a la escritura, buscar el camino, seguir las escrituras. Y la pregunta viene ahora, ¿yo lo hago? ¿Yo busco el evangelio del domingo?, para ponerlo más fácil. ¿Me interesa conocer más la palabra de Dios? ¿Me pregunto qué Dios quiere de mí?, porque para eso está la escritura. ¿O yo soy alguno de aquellos hombres, que a lo mejor me siento defraudado por tantas cosas en la vida? ¿O que no veo, no toco y no veo a Dios en las cosas de la vida? Busquemos la escritura, hermanos.

Muchas veces el Señor nos dice a nosotros, qué tonto y lerdo eres, ya te han explicado quince veces. Trata de vivirlo. Pídele a Dios la gracia. Trata de cumplir lo que dicen las escrituras. Si en el domingo pasado, y lo vuelvo a repetir, nos dijo a todos nosotros que somos dichosos porque nosotros hemos conocido a Señor Jesús y creemos en Él. Entonces hoy vamos a decir, busquemos las escrituras, porque en ella vamos a encontrar la palabra de Dios que me hace creer en el Señor Jesús, y que esa gracia me la puede dar Dios.

No, hermanos, no perdamos el tiempo. Hay veces que uno piensa que pierde el tiempo, porque no puedo hacer muchas cosas que quiero, que si ir a una playa, que si ir de vacaciones, que si ir a esto. Y yo me cuestiono. ¿Yo no pierdo el tiempo, me pregunto, cuando no acudo a la palabra de Dios?, pues si yo no busco el tiempo para ir a la palabra de Dios, estoy perdiendo mi tiempo. El tiempo que me da fruto mi tiempo, porque esto es un tiempo de salvación.

Una anécdota para terminar. En el catecismo aquella frase de “dichoso a aquellos….” Yo le pregunté a los niños de 11, 12, 13 años, en la homilía porque uno la hace compartida. A ver, ¿qué quiere decir dichoso? Uno dijo, «alegre”, esto, lo otro, dicha, gozo… Y una muchachita, me acuerdo como de 11 años, pero con unas palabras muy directas porque dijo más, habló más. Dijo, «bendecidos». Qué lindo. Nosotros por creer en el Señor Jesús hemos sido bendecidos. Y también hemos sido bendecidos cuando vemos nuestra familia, cuando tenemos un trabajo, cuando vemos que las cosas funcionan, que se hace el bien, soy bendecido, Señor, porque me dio una gracia, un carisma, un don, lo que sea.

Hermanos, pero bendecido de verdad, que quiere decir que Dios dice bien de ti, es lo máximo, es cuando nosotros creemos que Jesús es mi Salvador. Por eso hermanos. Sintamos bendecidos porque creemos sin ver, y busquemos la palabra de Dios para reafirmar esa realidad en nuestras vidas.

Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

Deja un comentario