Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el III domingo de Pascua, 19 de abril de 2026

Queridos todos: Hemos escuchado la muy descriptiva narración que nos hace San Lucas de este encuentro del Señor Resucitado con dos de sus discípulos. Ellos, a media tarde del domingo de la resurrección, regresan desde Jerusalén a su aldea de Emaús. Tendrán que caminar unos 10 kilómetros por lo que, caminando a buen ritmo, llegarán a su casa al caer la tarde.

San Lucas nos dice que uno de ellos se llamaba Cleofás. El nombre del otro discípulo no nos lo dice. Así que cada uno de nosotros podría poner su propio nombre porque el desaliento que tenían es algo que seguramente también nos ha pasado a nosotros o podría pasarnos. El hecho es que caminan tristes y sin esperanza. Probablemente habían visto morir a Jesús en la cruz. Y todas las ilusiones y esperanzas que habían puesto en él, han desaparecido. Ahora, el resucitado los va a sorprender y quiere resucitarlos a ellos.

Mientras conversaban y, por momentos, discutían, Jesús, como un caminante más de aquellos caminos, se les acerca. Como sucede muchas veces en la vida, Jesús sale al encuentro de los que se sienten decepcionados de todo. Ellos no lo reconocen, no se dan cuenta quién es. Quizás les preguntó: “¿Puedo caminar junto con ustedes?”. Y ante la respuesta afirmativa, empieza a hacer el camino con ellos y les pregunta de qué vienen hablando. A los dos les pareció estar con un “despistado” que no se ha enterado de nada. Y es Cleofás quien le pregunta, asombrado, si él es el único que no está enterado de lo que pasó en Jerusalén. A lo que Jesús, que quiere que ellos saquen fuera todo lo que tienen dentro de amargura y pesar, se hace pasar por “despistado” y dice no saber. Y ellos le descargan todos los lamentos y decepciones que llevan dentro por la muerte de Jesús. “Nosotros esperábamos que él iba a ser el libertador de Israel, pero lo mataron hace dos días”.

Ahora ellos dos, desanimados y desalentados, quieren desanimar y desalentar al caminante… Jesús va a escuchar, una por una, todas sus quejas. Y cuando terminan de hacerlo, es cuando él les reprocha su desconocimiento de las Escrituras. Y empieza a explicarles. Y sus corazones van calentándose. Van entendiendo…

Llegan a Emaús. Y Jesús, que ha llevado la iniciativa, quiere que ahora sean ellos los que la lleven. Y hace un gesto de despedida porque va más allá del pueblo. ¡Menos mal que los dos discípulos, Cleofás y yo, o tú, no lo dejamos ir, y le rogamos que se quedara a comer! Y fue en esa comida que lo reconocieron “al partir el pan”, como había sido en la última cena. Y entonces no lo vieron más. “¡Era el Señor!”, habrán gritado de alegría.

Y no lo pensaron dos veces: había que regresar cuanto antes a Jerusalén para contarles lo vivido a los apóstoles. No sólo les ardía el corazón cuando él les explicó las Escrituras, sino que ahora eran sus cuerpos los que ardían de gozo, y sus pies se volvieron más ligeros. Probablemente, el regreso lo hicieron en la mitad del tiempo. Ellos querían compartir su alegría. Algo que tú y yo debemos hacer después de cada misa.

Aprendamos la lección: El Señor resucitado puede venir a nuestro encuentro de cualquier modo y en cualquier momento. Nunca se nos va a imponer sino a proponer. Espera nuestra iniciativa. No va a empujar la puerta de nuestra alma, sino que tocará y esperará a que nosotros le digamos como los de Emaús: ‘Pasa, quédate con nosotros. Comparte con nosotros tu pan y tu palabra’. ¿No es ese compartir lo que es nuestra Misa dominical?

Recemos, pues, con la misma petición de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, Señor”. Quédate con este mundo que es tu casa. Quédate con esta humanidad que es tu familia. Quédate con los más necesitados, con los pobres, los enfermos, los presos, los que viven solos o en las calles, que son tus privilegiados. Y quédate también con cada una de las familias cubanas. Tenemos tu Palabra en la biblia que hay en nuestra casa. Que ella se convierta para nosotros en una fuente diaria de vida que nos haga arder el corazón. Que así sea.

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