Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el III domingo de Pascua, 19 de abril de 2026

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández. ¡Feliz Pascua para todos!

El Evangelio de los discípulos de Emaús es uno de los relatos más hermosos y reconfortantes de toda la Escritura. Nos sitúa en la tarde del mismo domingo de Resurrección. Dos discípulos caminan tristes, decepcionados, abandonando Jerusalén, la ciudad del fracaso, y dirigiéndose a Emaús, una aldea que representa la vuelta a lo cotidiano, al lugar donde intentarán recomponer sus vidas después del desastre de la cruz.

Estos dos hombres no son parte del grupo de los Once; son discípulos comunes, como nosotros. Caminan con el corazón roto porque sus esperanzas se han desvanecido. Ellos creían que Jesús era el profeta poderoso que redimiría a Israel, pero ahora yace muerto. Tres días han pasado y nada ha cambiado. Su fe está herida, su esperanza ha muerto.

En medio de ese desconcierto, un desconocido se les acerca. Es Jesús, pero ellos no lo reconocen. ¿Por qué no lo reconocen? Quizás porque sus ojos están nublados por la tristeza. Quizás porque esperaban un Mesías glorioso, no un caminante cualquiera. El Resucitado se presenta de manera humilde, respetando el ritmo de aquellos que sufren. No se impone. Camina a su lado. Pregunta. Escucha. Este es el estilo de Dios: no irrumpe con estruendo, sino que se hace compañero de ruta.

Jesús les reprocha su lentitud para creer, y luego les explica las Escrituras. Comienza por Moisés y los profetas, mostrándoles que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. ¡Qué importante es esto! La fe no nace de un milagro espectacular, sino de comprender que el dolor tiene sentido a la luz de la Palabra de Dios. Jesús no les quita el sufrimiento, sino que les da una clave para interpretarlo.

Mientras caminan y escuchan, el corazón de los discípulos comienza a arder. La Palabra de Dios, explicada por el Resucitado, enciende nuevamente la esperanza. Así ocurre también con nosotros: cuando leemos la Biblia con fe, cuando la escuchamos en comunidad, cuando dejamos que Cristo nos la explique, nuestro corazón se calienta, aunque a veces no entendamos del todo lo que está sucediendo.

Llegan a Emaús. Jesús hace como que sigue adelante, pero ellos le ruegan: “Quédate con nosotros, porque atardece”. Es una frase llena de simbolismo. La noche se acerca, y no solo la noche del día, sino la noche del alma. Ellos necesitan que alguien se quede. Nosotros también. En nuestros atardeceres personales, en los momentos de cansancio y duda, necesitamos suplicar al Señor que se quede.

Entonces, en el gesto más sencillo y cotidiano, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Y en ese instante, los ojos se les abren. Lo reconocen. Y Él desaparece. No necesitan verlo más; ya tienen la certeza. El pan partido es el sacramento de su presencia. La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro con el Resucitado.

Los discípulos no se quedan en Emaús. Vuelven corriendo a Jerusalén, a la comunidad, a compartir la alegría. Su tristeza se ha transformado en misión. Han pasado de caminar hacia el atardecer a correr hacia la luz.

Este relato nos enseña varias lecciones fundamentales para nuestra vida cristiana:

Primera: Jesús siempre está caminando a nuestro lado, aunque no lo reconozcamos. En nuestras crisis, en nuestras dudas, en nuestros fracasos, Él está ahí.

Segunda: La Escritura es la llave para entender el sufrimiento. No hay cruz sin sentido cuando se contempla desde la Palabra de Dios.

Tercera: La Eucaristía es el lugar del encuentro. Ahí se abren los ojos, ahí se parte el pan de la vida eterna, ahí el corazón arde de nuevo.

Cuarta: La fe nos vuelve misioneros. No podemos quedarnos en la aldea cuando hemos encontrado al Señor. Hay que volver a Jerusalén, a la comunidad, al mundo, para anunciar que Cristo vive.

Queridos hermanos, también nosotros somos discípulos de Emaús. Caminamos con nuestras tristezas y desilusiones. Pero el Resucitado nos sale al encuentro. Nos explica la Escritura. Parte el pan para nosotros. Y nos envía de vuelta, convertidos en testigos de la alegría pascual.

Que María, la que guardaba todas estas cosas en su corazón, nos ayude a reconocer a Jesús en el camino, a rogarle que se quede con nosotros y a correr a anunciar que ha resucitado.

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