“Tomás tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor” Juan 20, 29
Hermanos,
Este domingo se llama domingo en Albis, es decir, de blanco. Ya comenzamos la Pascua, las vestiduras dejan de ser las moradas de la cuaresma, dejan de tener el rojo de la pasión y comienza el blanco, que es un signo de pureza, un signo de gozo y así comienza la vida de la iglesia. Claro, Cristo es la cabeza de la iglesia. Nosotros somos santos en Cristo Jesús. El bautismo nos une íntimamente a Dios en Cristo Jesús.
Si el bautismo nos une a Dios, es porque ya nos ha unido a Cristo. Hermanos, ese es el sentido de nuestra fe. Hay veces que nosotros decimos, «Sí, soy católico, sí, yo creo en Jesús”. Pero lo que hay detrás es que vivimos en Cristo Jesús. Y eso tenemos que tenerlo presente siempre para que, en nuestra vida, en cualquier situación decir, yo soy de Cristo, Cristo vive en mí. Yo soy casa del Espíritu Santo.
Entonces, hermanos, eso tenemos que tener los cristianos porque la vida nos lleva por tantos caminos, tantas situaciones difíciles. Aquí mismo en Cuba la lucha diaria por la vida diaria, eso nos hace estar siempre en movimiento, preocupados por tantas cosas, pero, en medio de esas dificultades, mantengámonos. El Señor Jesús está con nosotros. Somos de Cristo. Él ha resucitado, nosotros resucitaremos. Él ha cargado con la cruz y la cruz le ha dado, le ha permitido la resurrección. Nosotros también, cada uno cargando con su cruz, con la fuerza que Dios nos aporta, que nos ayuda a cargar la cruz, algún día nosotros resucitaremos con Él.
Este domingo tiene una significación especial en la vida de la iglesia, muy especial. Nosotros pensamos en la iglesia tal como la conocemos ahora, las parroquias, las comunidades de hermanas, donde las hay, el sacerdote, las asociaciones de los fieles, los domingos que vamos a misa, alguna otra organización a la que pertenecemos. Hermanos, ya esto una iglesia establecida, veinte siglos y estamos el veintiuno.
Entonces, ¿cómo fue la iglesia que nació? ¿Cómo fue? En primer lugar, Jesús en su resurrección en una de esos encuentros que tuvo, él le dijo, «Vayan por el mundo entero y prediquen el Evangelio y anuncien todo lo que les he anunciado. Bauticen aquella aquellos que crean, que reciban el bautismo de salvación y de santidad. Háganlo, prediquen. Como el Padre me envió, yo los envío a ustedes”. El Espíritu Santo vino sobre los discípulos y ellos se lanzaron. Y del miedo que tenían por las consecuencias sociales, como a cualquiera de nosotros nos puede pasar, o como pasa en muchos países del mundo. Ellos rompieron ese miedo y empezaron a predicar.
El libro de los Hechos de los apóstoles va a ser el libro del Nuevo Testamento que nosotros vamos a estar leyendo en este tiempo. Y sería bueno que todos los que estamos participando en esta misa virtual, todos, en esta semana leamos el libro de los Hechos de los apóstoles. Porque salvando las diferencias de aquella iglesia que experimentaba directamente la presencia de Cristo en medio de ellos, y sobre todo de Cristo resucitado, a nosotros que hemos recibido la fe por transmisión de nuestros padres o de que un día nos encontramos con el Señor.
Era diferente, pero es interesante y muy provechoso para nuestra fe hoy veinte siglos después de la resurrección de Cristo, ver cómo se comportaban aquellos hermanos nuestros. En primer lugar, la sorpresa. No entendían a Cristo, a Jesús de Nazaret cuando predicaba, no sabían muy bien, sabían que era un hombre bueno, pasó haciendo el bien. Pero que iba a depositar en ellos el mandato de “vayan por el mundo entero, prediquen el evangelio, vivan según el evangelio”.
Yo creo que ellos no se esperaban eso, seguro que no. Pero el Espíritu Santo les abrió las entendederas y ellos comenzaron a ver, «Nosotros tenemos que continuar la obra de Cristo”. Hermano y esto no es solo para los apóstoles aquellos. Esto es hoy también para cada uno de nosotros. Es así. La iglesia empezó a vivir al principio eran muy pocos. El texto de los Hechos de los apóstoles lo revela. Se reunían a orar en el templo. Oraban en el templo siempre como o eran judíos devotos. Después ellos se dieron cuenta de que, si Cristo era el cordero que se ofrecía, entonces ya no habría por qué ofrecer corderos en el en el templo, no, era Cristo el que se ofrecía. Y la oración, el culto cristiano ya se diferenció, poniendo a Cristo en el centro.
Pero fíjense bien que eso fue poco a poco. ¿Y por qué lo pudieron hacer? Porque estaban dispuestos, escucharon el Espíritu Santo. Así fue. Aquí vemos que eran muy poquitos y vivían la fraternidad de tal manera que dice que vendían las cosas, que se repartían las cosas. Qué lindo es eso, es hermosísimo, es un ejemplo, a seguir, a tenerlo en cuenta. Eran pocos, lo podían hacer. Después el cristianismo empezó a moverse por diferentes ciudades, pero siempre quedaban en aquello de que uno no podía vivir indiferente al sufrimiento del otro, y menos del hermano que estaba sentado en el banco junto a mí. Y menos de eso. Pero fíjense bien, como poco a poco la iglesia fue creciendo, y fue creciendo, y fue creciendo en la fe.
Estos hombres, siempre ponemos de ejemplo a Pedro que era como yo digo, echado para adelante, como decimos los cubanos. Pero que también se dejó llevar por su criterio y no por lo de Jesús, de Dios. Y sacó la espada, “y yo nunca te voy a abandonar”. Todas esas cosas que hay veces que nosotros decimos, ¿eh? Nos creemos muy seguros. Pero Pedro asimiló, “antes de que cante el gallo tres veces, tú me vas a negar”. Y ¿cuál fue la respuesta de Pedro? Señor, perdóname. Perdóname. Eso Pedro lo llevó aquí adentro. Por eso cuando Jesús le preguntó después tres veces, que ese evangelio lo vamos a escuchar en este tiempo de Pascua, “Pedro, me amas, Pedro, me amas, Pedro, me quieres”. Y Pedro al principio dijo, «Sí, Señor, tú sabes, sí, Señor.» Y al final le dijo, «Señor, tú sabes que yo te quiero”. Hermanos, si somos nosotros, y así tenemos que ser nosotros como Pedro. Así tenemos que ser nosotros como Pedro.
Pues la iglesia creció, y aquellos hombres y mujeres dieron su vida por predicar que Jesús, fíjense bien, dieron su vida. Fíjense esas paradojas o contradicciones, para predicar que la vida tiene un sentido y que la muerte no ha triunfado. Fíjense qué cosa, igual que Cristo, murió para decirnos, la vida no es lo definitivo. Y después los apóstoles dieron su vida para decir que Cristo había resucitado. Tengan confianza, tengan ánimo. La cruz se carga, se padece. Pero de la misma manera que Cristo pasó por encima, así también el Señor nos llama a nosotros a pasar por encima. Hermanos, es nuestra fe.
Por eso en medio de esta vida nuestra, con nuestras parroquias, con nuestra comunidad, las asociaciones de fieles, de laicos, las agencias de ayuda de la iglesia, los presbiterios, todas esas cosas. Pero en el fondo lo que tenemos que buscar es esa fe firme. Y la respuesta nuestra es decirle, «Señor, yo también te amo”. Eso tenemos que decirlo siempre. Nosotros tenemos que ya sentirnos llamados, y procuren por la oración hacer la experiencia, decir, «Señor, ¿qué tú quieres de mí? ¿Cómo yo te puedo comunicar a los demás? ¿Nos hacemos esa pregunta? ¿O nos conformamos con vivir nuestra fe? ¿No? El Señor nos dijo, «Vayan, Vayan”, entonces veremos como nuestra fe se fortalece.
Aquí en esta carta de Pedro, es una partecita que yo quiero leer, releer. Dice, «Por tener la fe son ustedes desde ahora protegidos por el poder de Dios”. Qué bueno es eso, sentirnos protegidos por el poder de Dios, porque nos parece que el mundo se nos viene encima. Tranquilos, estamos protegidos por el poder de Dios, que nos va a dar lo que nos conviene y lo que más nos conviene es la salvación. Clarito, eso clarito, si no nos perdemos.
“Por tener fe son desde ahora protegidos por el poder de Dios. Él les ha preparado esta liberación que se verá al final de los tiempos”, y ahora viene, en medio de cualquier dificultad, aún la nuestra como pueblo que estamos pasando, y cada persona tiene sus dificultades personales, familiares y sociales. “Por eso yo les digo, alégrense. Aunque por un tiempo quizás, les sea necesario sufrir varias pruebas, su fe saldrá de ahí probada como el oro que pasa por el fuego para que brille”, pasa por el fuego para purificarlo. “En realidad, el oro va desaparecer”, fíjense, “en cambio la fe, que vale mucho más, no se perderá hasta el día en que se nos revele Cristo Jesús”.
Claro, porque el día que se nos revele Cristo Jesús, como Pablo decía en su carta a los Corintios, ya la fe no hace falta. Porque ya lo estamos viendo, lo estamos tocando, lo estamos palpando. Así es. Así es, hermanos. Lo único que queda, ¿qué cosa es? La caridad, el amor, el amor de Dios por nosotros y el amor nuestro por Dios, y por los hermanos. Entonces, recibirán por ella la alabanza, gloria y el honor.
Y aquí viene algo que nos toca de cerca a cada uno de nosotros y que está muy bien explicado en el Evangelio con el pasaje en que Tomás, el incrédulo, no era incrédulo, era un hombre bueno, buscaba, pero quería seguridades. “Si no veo, no creo”. Y mire lo que dice aquí Pedro. “A Cristo Jesús no lo han visto. Y, sin embargo, lo aman. No lo ven todavía, pero sí creen. Y por eso sienten una alegría celestial que no se puede expresar. Al final alcanzarán, como premio de su fe, la salvación de sus almas”.
Hermanos, esto lo escribió Pedro poquitos años después de la muerte y resurrección de Cristo. Esto es algo que se quedó grabado. Nosotros lo estamos oyendo y viviendo y creyendo, 2000 años después, pero es la misma fe. Y tenemos que vivirla con la misma intensidad como la vivieron ellos. Por eso, al final del pasaje de Tomás se dice, «Dichosos aquellos que creen sin ver”. Entonces, nosotros, ¿qué somos? ¿Dichosos o desgraciados?
Somos dichosos, porque creemos que Jesús ha resucitado. Él es nuestra victoria sin ver, sino porque tenemos fe. Esa fe que nos transmitieron a aquellos, y la responsabilidad nuestra es transmitirla nosotros, a las futura generaciones, o a mi vecino, al que tengo al lado, a mi hijo, a mi hermano, a mi amigo. Si creemos que la fe es un tesoro, lo menos que yo puedo hacer es querer que todo el mundo tenga ese tesoro.
Por eso sintámonos firmes en el Señor, hermanos, empecemos a vivir esa fe que nos lleva a Dios y que hace que nosotros podamos llevar a los demás a Dios. Para eso hay que tomar decisiones. Para eso el Señor nos llama, nos anima, y procuremos vivir nuestra fe con ese ánimo y ese gozo de aquellas primeras comunidades.
Que Dios nos ayude a vivir así, confiando en que Cristo se hará presente bajo la forma del pan y el vino, ese Cristo que se entrega por nosotros en la cruz, y que nosotros por Él, somos salvados. Que el Señor nos ayude. Amén.
