“Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” Juan 20, 23
Hermanos,
Hoy es un día hermoso, todos los domingos. Hay un dicho cubano, no sé si se usa ahora, de pequeño en el campo, ¿qué decían cuando hay un día bonito, soleado? La gente decía, «hoy parece domingo”. Porque el domingo es como si fuera diferente. A lo mejor son costumbres, ideas, pero bueno, así lo tenemos por dentro. Sí, hoy es un día, un domingo lindo, y el domingo en que la iglesia dedica para pedir de manera especial que el Espíritu Santo siga obrando en nosotros.
Nosotros comenzamos la Santa Misa diciendo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Es decir, nos ponemos en las manos de Dios. Cuando hemos rezado el Gloria, exactamente igual, al final Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque nosotros creemos que hay un solo Dios. Y también creemos, porque así nos enseñó el Señor Jesús, que ese Dios es trinitario, es decir, hay tres personas en un solo Dios. Diferentes unas de otras, pero que son un solo Dios. Y a lo mejor la gente dirá, «Ay, pero ¿y eso cómo puede ser?» Bueno, porque es un misterio, así se llama el misterio de la Santísima Trinidad. Y eso es lo que creemos los cristianos.
Hay muchas personas que creen en Dios. Yo digo que la inmensa mayoría. Porque cuando uno ve la naturaleza y uno se pregunta el por qué, el origen y el por qué, no solamente el origen, ¿de dónde salió? Si no, ¿y por qué? ¿Y por qué existe todo esto? ¿Qué sentido tiene mi vida? Cuando empezamos a a preguntarnos por el sentido de las cosas, y son sobre todo de nuestra vida, es que nos damos cuenta de que hay un Dios. Debe haber un Dios Creador de todos. Ahí es donde se ve que la razón y la fe están mezcladas.
Entonces nosotros creemos en un solo Dios. Pero como les decía, hay muchas personas que creen en Dios, pero no son cristianas. Por ejemplo, los musulmanes creen en Dios. Dios, uno solo y solo Dios. Igual que nosotros. Los judíos, un solo Dios, igual que nosotros. Y otros, otros diferentes, escuelas religiosas, también agrupaciones religiosas, un solo Dios. Pero ¿qué es lo que nos distingue a nosotros los cristianos? Nos distingue que creemos, como dije al principio, que hay un solo Dios en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que eso es un misterio. Y la verdad que nosotros como hombres no podemos pretender meternos en el misterio de Dios. Eso sería rebajar a Dios a una cosa que yo puedo ver, tocar, explicar. No, hermanos, Dios nos sobrepasa a todos.
¿Y por qué sabemos que hay un solo Dios? ¿Y qué es trinitario? ¿Por qué? Jesús era judío, un solo Dios, creador de todo, que eligió al pueblo de Israel. ¿Cómo que es Jesús? ¿Por qué Jesús empieza a llamarse el Hijo de Dios? “El Padre y yo somos una sola cosa. El Padre está en mí y yo en él. Si ustedes están conmigo, están con el Padre porque somos una sola cosa”. Y ahora en este en este evangelio se nos dice, «reciban el Espíritu Santo”. Es decir, Él mismo lo va explicando, es riqueza, porque es una riqueza el saber que en Dios hay tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una relación que es el amor.
Así es como lo dice la escritura. Así es como lo dice el Nuevo Testamento. Así es como nosotros interpretamos las cosas y la presencia de Dios en el mundo, y eso es lo que nosotros creemos. Un solo Dios en tres personas. Cuando a cada persona, puede ser que le achaquemos algo, pero en definitiva es la acción de todos. A Dios Padre, cuando miramos el mundo, Dios es creador, es Padre que nos ama. Y siempre decir, «Vamos a la casa del Padre”. Pero es Dios, el mismo Dios en tres personas. Cuando hablamos del misterio de la Redención, que vemos a Cristo clavado en la cruz por nosotros, el Hijo de Dios que se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen, la Redención. Es el mismo Dios que se entrega por nosotros, la segunda persona.
Y cuando nosotros vemos la acción de la iglesia, la presencia de la fe en el pueblo, la asistencia que el pueblo recibe para permanecer fiel en el tiempo, a pesar de todas las dificultades, es el Espíritu de Dios que como bien el Señor Jesús, dice, «Yo les prometo a ustedes el Espíritu Santo”, días antes Él había dicho, «Yo estaré con ustedes hasta el fin del tiempo”. Y es así.
Celebramos el domingo pasado la Ascensión y decimos que Él se fue, pero no, Él está con nosotros. Él mismo dijo, «Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”. Pero ya no está, ya no se presenta como resucitado. Está en la casa del Padre, está con Dios. Ya ahora está presente en nosotros, ¿por qué? Porque el Señor quiere acompañarnos siempre, no nos deja solos. ¿Y cómo lo hace? A través del Espíritu Santo, que es el que comunica esa presencia de Dios en medio Dios de nosotros. Esa es nuestra fe, hermanos. Hay muchas personas creyentes, hay muchas personas que creen en Dios, pero ¿en qué Dios?, en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ése es el Dios de los cristianos.
Por eso somos bautizados, ¿en qué? En el nombre de Dios, sí, claro, pero en el nombre de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hermanos, y es una riqueza increíble. Porque no es ya un ser que está ahí él solito ahí arriba, bien, no; es una comunidad de amor, son tres personas en un solo Dios que forman parte de una sola naturaleza divina. Hermanos, qué hermosa la fe cristiana. Saber que ese Dios es en sí, una relación amorosa de tres personas.
Muy bien, ¿y el Espíritu Santo? El Espíritu Santo, de la misma manera que al Padre lo asociamos con la creación, que al Hijo Jesús lo asociamos con la Redención, al Espíritu Santo lo asociamos con la santidad. Es el que nos permite vivir íntimamente unidos a Dios. Es ése el Espíritu Santo. Por eso es que el Señor Jesús no dudó, ya al final de su tiempo resucitado en medio del pueblo les dijo, «Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”. Y le dijo, «Yo les doy a ustedes el poder. Ahora lse toca a ustedes. Yo no los dejo solos, yo les asistiré”. En otra parte, el Señor Jesús, ustedes ante su pasión, su muerte, dice, «Ustedes no entienden estas cosas ahora, pero vendrá el Espíritu Santo. Él vendrá y les hará entender toda la riqueza del amor de Dios y de la redención”.
Qué hermosa es la fe cristiana. Un Dios que es Creador, que se ofrece por nosotros en la cruz y que nos confía su obra. Dominen la creación, desde el primer capítulo de Génesis. Crezcan, multiplíquense y dominen la creación, sean felices. Esta es una tierra de felicidad. Vino el pecado después en el mundo. Entonces, el Espíritu Santo tenemos que pedirlo, y siempre nuestras oraciones terminan pidiéndole también a Él, para que nosotros permanezcamos en nuestra fe. En estos días hemos visto cómo después del Señor Jesús haber ascendido a los cielos, vemos como la iglesia ya el Señor le había dado las herramientas. ¿Cuál era la principal herramienta? El Espíritu Santo. Recíbanlo, él les va a decir lo que van a hacer.
Y nosotros vemos como Pedro después de esta efusión del Espíritu Santo, que ellos experimentaron de una manera radical y fuerte que Jesús estaba ahí, que Dios estaba ahí en la presencia del Espíritu Santo. Pedro, aquel hombre pescador, aquel hombre que no tenía una mayor cultura, pero sí tenía un conocimiento fuerte de Dios que adquirió durante el tiempo que estuvo con Jesús, y con el Espíritu Santo, ese don que el Señor le da, Pedro sale lleno de fortaleza y valentía a predicar y mucha gente dice, «¿Y esto cómo?» Es el libro de los Hechos de los apóstoles.
Lean, lean ese libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque los Hechos de los Apóstoles ¿qué describe el libro?, fue en aquel momento después que Jesús asciende a los cielos, esos años, esas decenas de años. Pero nosotros estamos hoy en el mundo entero realizando el libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque nosotros como iglesia, estamos, nos encontramos en comunión para ver cómo, Señor, cómo nosotros podemos hacerte presente en el mundo y la salvación llegue a todos. Sí, nosotros somos los Pedro, somos los Pablo, somos los Bernabé, somos aquellas mujeres que lo seguían. Nosotros somos ellos hoy.
Por eso tenemos que pedirle al Señor, Él está actuando con nosotros. Decimos que el Espíritu Santo tiene, nos da muchos dones, siete dones nos da el Espíritu Santo. El don de sabiduría, el don de entendimiento, el don de consejo, el don de fortaleza, el don de ciencia, el don de piedad, el don de temor a Dios. Esos siete dones. Hermanos, vamos a pedirlo. Búsquenlo. Búsquenlo en internet que aparece, y les va a decir. ¿Por qué lo necesitamos? ¿Quién no necesita el don del Espíritu Santo? Dígame quién.
Hay veces que nosotros vemos un médico famoso, que sabemos que es un cardiólogo famoso por sus operaciones, y decimos, «Es un sabio”. Yo me atrevería a decir, sin quitarle ningún mérito que es un científico, que tiene un conocimiento exacto, inmenso sobre una materia determinada. Es un entendedor. Él conoce, tiene ciencia. La sabiduría es diferente. La sabiduría es el don, porque la sabiduría emana del mismo Dios, que es verdad. La sabiduría es ese don, que nos hace mirar las cosas con los ojos de Dios, porque son los únicos que pueden penetrar hasta la profundidad de la realidad y de todo lo que existe. Yo puedo ser muy conocedor de una materia, pero, sin embargo, ante la vida muchas veces soy incapaz. de saber distinguir las cosas, de preguntarme el porqué. El sentido sabio, es aquel que entonces mira todo con los ojos de Dios y de la revelación que el Señor nos ha dado a través de la creación, y a través de Jesucristo, nuestro único revelador del Padre, el gran revelador del Padre.
Y así viene el entendimiento, el comprender bien las cosas, entender las realidades, escudriñar las cosas. Así viene el entendimiento. Así viene también la ciencia, que precisamente se dedica a escudriñar la creación y todo lo que existe. Todo es, hermanos, con sabiduría, mirando con los ojos de Dios. Nunca puede haber una contradicción entre la ciencia que estudia la creación, lo que Dios ha hecho, y la fe, y la revelación de Jesús, porque todo procede de uno solo, de Dios, lo creado, la verdad, la sabiduría, la revelación del Señor Jesús.
Y así podemos seguir el consejo. Sabemos todo, y ¿cómo lo comunicamos?, ¿cómo ayudamos a que las cosas se hagan según Dios? Ahí está el consejo, ayudar, decir, proclamar. La fuerza, la valentía. ¿Qué tenía Pedro? La fuerza y la valentía para decir. ¿Qué tenemos nosotros para permanecer fieles a pesar de las dificultades? La fortaleza que viene del Espíritu. ¿Qué tienen los pueblos del norte de Nigeria y del Sahel allá en África que están matando a muchos porque son cristianos, porque no renuncian a su fe? ¿Quién le da esa fuerza? El Espíritu Santo. ¿Quién fue el que sostuvo a todos los mártires de los primeros tiempos del cristianismo, a San Esteban y a todos los demás? La fortaleza del Espíritu Santo. Hay que pedirle, hermanos, porque aquí en este mundo, aquí en Santiago de Cuba, necesitamos la fortaleza de Dios para permanecer firmes, y necesitamos la sabiduría de Dios para entender las cosas. Y necesitamos entender las realidades, el porqué.
Hermanos, y tenemos que tener piedad. Si yo reconozco que Dios es mi Señor, creador de todo, lo menos que yo puedo hacer es sentirme humilde y decir, «Señor, criatura tuya soy, aquí estoy. Hágase tu voluntad. Yo te adoro porque me diste la vida y me has llamado a vivir eternamente junto a ti. No me has llamado a la muerte oscura e ignorada. Tú me has llamado a la vida y a la vida eterna”. Y el último don es el temor de Dios. Hay veces que se confunde, temor de Dios. ¿Qué significa? Ay, yo le tengo miedo a Dios. Como cuando era chiquito, que ya eso creo que no se usa mucho. Perdónenme los más jóvenes y no se ríen de mí, cuando nos decían, «cuidado que viene el cuco”. ¿Se acuerdan de eso, los mayores? Los mayores se van a acordar de eso. “Cuidado que viene el cuco”. Entonces nos metían miedo. «Óyeme, Dios te castiga”. Entonces, “Ay, le cojo miedo a Dios”. Bueno, temor de Dios, ¿ustedes saben cuál es? Es todo lo contrario. Temor de Dios es yo que quiero a Dios y entiendo que Dios es el único que le puede dar sentido a mi vida. Yo tengo temor de ofenderle. Fíjense. No es que Dios me vaya a castigar, es que yo tengo temor a ofender a Dios porque es bueno, me dio la vida, es la verdad, el camino, todo, le da sentido a mi existencia, todo lo que existe.
Es el temor de Dios. Tengamos temor de Dios. Hay veces que hace falta que tengamos temor de Dios. ¿Para qué? Para no caer en el mal, para no caer en el pecado y decir, «Señor, temo ofenderte.» Qué lindo es eso, ¿eh? Señor, temo ofenderte. Así tiene que ser nuestra vida. Hermano, y los dones de Dios del Espíritu Santo. Por eso hay que pedir el Espíritu Santo para todo el mundo creyentes y no creyentes.
Y hay que pedir el don eh del Espíritu Santo, sobre todo, para los que tienen mayor responsabilidad. Para los padres de familia, para los obispos, para los que dirigen cualquier institución, para los gobernantes de todas las naciones, hay que pedirle el don del Espíritu Santo, porque muchas veces los gobernantes de las naciones o los que ejercemos la autoridad, nos creemos que solo nosotros somos. La autoridad procede de mí, yo soy el único que tengo razón. No, cuidado. La verdad está en la palabra de Dios. Y todos tenemos la obligación de buscar a Dios, de buscarlo. De buscar la verdad. Y yo sé que, si se busca la verdad, se encuentra a Dios. Se encuentra a Dios. Sí.
Los que tienen las responsabilidades de los pueblos de las naciones, tienen con mayor hincapié, hacer mayor hincapié en buscar la verdad. No creerse dueños del mundo, ni decidir por el destino de millones de personas. No, hermanos. Hay que buscar ese Espíritu que nos va guiando en la vida. Y eso significa que la primera vez, una de las primeras verdades que descubrimos es que, si Dios es creador y es Padre, es Padre de todos. Y para Dios nadie es mejor que nadie. Para Dios, somos hijos de Él, y por lo tanto hay que respetarlo a todo el mundo en su dignidad y en sus derechos. Y procurar la justicia, no el capricho, y procurar la justicia y el bien, no nuestro interés. Y procurar la justicia, el bien y la verdad, no solamente en nosotros, sobresalir para ser los mejores.
No, hermanos, cuando nosotros creemos en Dios, eso mismo nos debe de convertir en personas humildes, y humildes significa aceptar la realidad. Soy limitado, necesito del concurso de los demás. Mi opinión no puede permanecer sobre la opinión de todo el mundo, y sobre todo, sobre todo un pueblo. No. Los responsables de las naciones de la tierra, tiene que saber a ellos se le ha dado la voluntad de lo alto para procurar el bien. Y eso sucede, hermanos, en el hogar. Eso sucede entre en una fábrica, en una escuela, un maestro, un médico en un hospital. Ser humildes. Que humilde no significa ser tonto, al contrario. Ser humilde es vivir en la verdad. Y para eso necesitamos, para vivir en la verdad, necesitamos sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. Los dones del Espíritu Santo.
Que Dios nos ayude a todos a vivir así, para vivir en un entorno más santo, más bueno, más fraterno, con mayor comunión. Y no nos metemos en los frutos del Espíritu Santo, porque precisamente si vivimos en la verdad, si vivimos en el bien, si vivimos buscando la sabiduría y la fortaleza, ¿cuáles pueden ser los frutos? La comunión. Por eso todo lo que tiende a la división y a separar por grupos es malo. ¿A qué pretende? A la fraternidad. Todos aquellos que buscan la enemistad y la diferencia, ahí hay que ver bien claro dónde está el Espíritu Santo. Ahí, ¿qué estamos haciendo? Y así en todo. En la bondad. Por eso que el Señor dice, «Trata al otro como tú quieres que a ti te trate”. ¿Ustedes quieren verdad más sana que esa? Si solamente hiciéramos eso ya nosotros estaríamos caminando, caminando según el Espíritu.
Que Dios aumente nuestra fe, nuestra confianza en Dios, y que busquemos la palabra de Dios para que el Espíritu Santo nos dé esa sabiduría para entender todo lo creado. Que el Señor nos asista a todos, hermanos. Amén.
