Queridos hijos e hijas de la Diócesis de Pinar del Río:
Hemos llegado a la meta del tiempo pascual. Cincuenta días después de la Resurrección, la Iglesia celebra Pentecostés, el gran día en que el Espíritu Santo descendió sobre María y los apóstoles. No es un recuerdo más. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia, la fiesta del fuego que transformó a unos hombres atemorizados en testigos valientes del Resucitado.
El Evangelio de hoy, tomado de San Juan, nos sitúa en la tarde del mismo domingo de Pascua. Los discípulos están encerrados por miedo. Han visto la cruz, han visto el sepulcro vacío, pero aún no comprenden. Jesús resucitado se presenta en medio de ellos, no para reprocharles su cobardía, sino para darles la paz y para soplar sobre ellos el Espíritu Santo. Es el mismo gesto de Dios en la creación del hombre. Ahora es una nueva creación: nace la Iglesia, nace la comunidad de los que anuncian el perdón y la vida.
Primero: El miedo nos encierra, pero el Espíritu nos libera. Los discípulos tenían las puertas cerradas. Nosotros también tenemos nuestras puertas cerradas: el miedo al fracaso, el miedo al qué dirán, el miedo a comprometernos, el miedo a testimoniar la fe en un mundo que a veces nos es indiferente. El Espíritu Santo es quien echa abajo esas puertas. No nos quita las dificultades, pero nos da la fuerza para enfrentarlas. Como cantamos en la secuencia de Pentecostés: “Luz para entender, fuego para amar, fuerza para actuar”.
Segundo: El Espíritu Santo es el protagonista de la misión. Los discípulos no se hicieron valientes por sí mismos. No asistieron a un curso de liderazgo. Recibieron el Espíritu. Y ese mismo Espíritu sigue actuando hoy en nuestra Iglesia. Él es quien suscita vocaciones, quien ilumina a los catequistas, quien sostiene a los agentes de pastoral, quien consuela a los enfermos, quien da esperanza a los presos. Sin el Espíritu, nuestra acción pastoral sería solo esfuerzo humano; con Él, se convierte en signo del amor de Dios.
Tercero: El Espíritu Santo nos da el poder de perdonar. Jesús dice: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados”. El perdón es la primera manifestación del Espíritu en la comunidad. Perdonar no es fácil. A veces nos cuesta más perdonar que hacer grandes obras. Pero el Espíritu Santo nos da esa capacidad de romper cadenas, de empezar de nuevo, de no dejar que el rencor nos paralice. Una Iglesia que perdona es una Iglesia viva. Una familia que perdona es una familia pascual.
Debemos abrirnos a los dones del Espíritu Santo. No tengamos miedo de pedirle: sabiduría para discernir, entendimiento para comprender a los demás, consejo para tomar decisiones, fortaleza para no rendirnos, ciencia para conocer a Dios, piedad para amarlo, temor de Dios para no alejarnos de Él.
Es necesario salir del encierro. Pentecostés nos invita a salir. No podemos quedarnos encerrados en nuestras comunidades, en nuestras zonas de confort, en nuestras rutinas. Hay muchas personas que esperan una palabra de aliento, una visita, un gesto de amor. El Espíritu nos impulsa a salir al encuentro.
Formando una comunidad de hermanos. El Espíritu Santo hizo que los apóstoles, siendo diferentes, se entendieran. Hoy nos sigue uniendo más allá de nuestras diferencias. En Pinar del Río, estamos llamados a ser una Iglesia donde nadie se sienta excluido, donde todos sean bienvenidos, donde el amor sea el idioma común.
Queridos hermanos, la Iglesia no nació en un despacho ni en una oficina. Nació en un Cenáculo, con María en medio, con los apóstoles reunidos, y con el Espíritu Santo bajando como fuego. Ese mismo fuego sigue ardiendo hoy. No lo apaguemos.
Como en aquel primer Pentecostés, que también nosotros salgamos transformados, con el corazón encendido y la lengua suelta para anunciar que Jesús es el Señor.
Que María, la Virgen de la Caridad del Cobre, que recibió al Espíritu Santo en silencio y lo acompañó siempre, nos enseñe a estar abiertos a la acción del Espíritu en nuestra vida personal, en nuestras familias y en nuestra diócesis.
