Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el XIII domingo del Tiempo Ordinario, 28 de junio de 2026

Queridos hijos de esta amada demarcación:

El Evangelio de San Mateo nos presenta hoy unas palabras de Jesús que suenan duras a nuestros oídos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). ¿Acaso Jesús nos pide que abandonemos a nuestra familia? No. Lo que nos pide es que Él ocupe el primer lugar en nuestro corazón. No un primer lugar entre muchos, sino el primer lugar por encima de todo.

¿Qué significa poner a Jesús en primer lugar?

En nuestra cultura cubana, la familia lo es todo. Nos duele separarnos de los nuestros, nos duele verlos sufrir, nos duele no poder estar con ellos. Pero Jesús nos advierte que el amor a la familia no puede convertirse en un ídolo que nos impida seguirle. No se trata de dejar de amar a los nuestros, sino de amarlos dentro del amor a Dios, no fuera de él.

Jesús añade: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. La cruz no es solo el sufrimiento, es la entrega. Seguir a Jesús implica renuncias. A veces a proyectos personales, a veces a comodidades, a veces a relaciones que nos alejan de Él. Pero la promesa es hermosa: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

¿Qué significa esto para nosotros hoy?

Vivimos en una tierra donde no faltan cruces. Así es la vida del hombre en cualquier lugar, no está exenta de la cruz; sin embargo, nosotros sentimos que la nuestra es muy grande, que nos pesa mucho y no encontramos el final de este Calvario.

Jesús no nos promete una vida sin cruz, sino que nos promete estar con nosotros en la cruz. Perder la vida por Él no significa morir físicamente (aunque algunos mártires así lo hicieron), significa vivir para Él: poner el Evangelio como criterio de nuestras decisiones, anteponer el amor al odio, la verdad a la mentira, el perdón al rencor.

Pero Cristo no solo habla de renuncias. También habla de recompensa: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió”. Quien acoge a un discípulo, acoge a Cristo. Y quien acoge a Cristo, acoge al Padre.

En nuestra vida cotidiana, eso significa que cada gesto de acogida hacia un hermano —aunque sea pequeño— tiene valor eterno. “El que dé a beber aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa”. No se necesitan grandes obras. Un vaso de agua, una visita, una palabra de consuelo, una sonrisa ofrecida en el nombre de Jesús, eso ya es eternidad.

Que esta semana sea el momento preciso para examinar nuestras prioridades: ¿Qué lugar ocupa Jesús en mi vida? ¿Hay algo o alguien que esté por encima de Él?

Los invito a abrazar la cruz del día: No con resignación amarga, sino con confianza, sabiendo que Jesús camina con nosotros.

Y tengamos un gesto concreto de caridad hacia los hermanos. En esa acción, recordemos siempre que es a Cristo a quien lo hacemos

Que María, la Virgen de la Caridad del Cobre, que perdió a su Hijo en la cruz pero lo encontró en la resurrección, nos enseñe a poner a Jesús en el centro. Que ella nos ayude a perder la vida por Él, para encontrarla para siempre. Que así sea.

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