Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 1 de febrero de 2026 IV Domingo del Tiempo Ordinario

“Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” Mateo 5, 2

Hermanos,

Estamos recreando aquellos primeros pasos del Señor Jesús. Después del bautismo del Señor, él salió, empezó a predicar, se fue a aquella tierra abandonada, que nadie quería ir, además que se hablaba muy mal de ella, que le llamaban hasta Galilea de los gentiles, en esa parte de Israel que la gente despreciaba un poco porque se habían como corrompido según los criterios de la época.

Es decir, allí donde parecía que no se haría nada bueno. Precisamente el mismo Jesús, pero ¿de dónde? De Jesús de Nazaret, ¿y de ahí ha salido algo bueno? Es decir, nadie esperaba, no estaban en primeras planas. Era donde la gente menos esperaba que podría venir un bien o la salvación, o algo grande y bueno. Pero así fue Jesús.

Él lo quiso así, nació en el pesebre, humilde, todo el mundo lo desconoció, todo el mundo, solamente lo reconocieron aquellos a los que Dios se quiso dirigir, los pastores, los Reyes, María, José, pero los que estaban allí y ya, y todo pasó desapercibido. Había nacido el Salvador y era ignorado por el mundo.

Después vinieron las manifestaciones, las epifanías, el día de Reyes con aquellos hombres de otros países, la Epifanía del Señor. Jesús, su primer milagro signo, como dice San Juan. Y poco a poco Jesús empieza a dedicarse a predicar. Primero va a la sinagoga, allí en Nazaret.  Después de la muerte de Juan, como comentamos el domingo pasado, él se retiró y dijo, «Me voy a la tierra de Galilea, lo que él llamaba Saburón y Neftalí, esos dos territorios que yo decía que estaban como marginados. Nadie quería saber mucho de ellos, pero Jesús fue allí, allí hacía falta predicar.

Empezó a llamar a los apóstoles y aquí en estas lecturas de este domingo, porque estoy progresivo, pues entonces ante aquellos que se asombraban de quién era Jesús, aquellos empezaron a decir, «¿Cómo hace estos milagros?» ¿Cómo lo hace? ¿Por qué?¿Por poder de quién? ¿Y cómo habla con esa sabiduría y además esa seguridad como quien habla por conocimiento propio y no porque lo leyó o alguien se lo dijo? Y así Jesús quiso tapar un poco la boca a aquellos que despreciaban a los más pobres, a los más humildes.

Y entonces viene esta lectura que estamos escuchando, como siempre, del Antiguo Testamento, la primera lectura, el Salmo que van en la misma línea y ahí nos damos cuenta, como hemos dicho ya en varias ocasiones, es bueno tenerlo presente, como el Antiguo Testamento fue preparando, preparando, preparando la venida del Señor.

Y lo que el Señor hace y nos dice en el Nuevo Testamento no es más que corroborar lo que había se había dicho antes, para darle plenitud. Aquel Mesías que ustedes hablaban, ese ha venido, soy yo. Y eso es lo que el Señor hace, pero siguiendo la misma línea que se anuncia en el Antiguo Testamento, se realiza en el Nuevo Testamento y se da plenitud.

Bien, el tema de hoy es un tema que en el mundo moderno casi no se toca, porque ustedes saben que el mundo moderno está muy lleno de famosos, ¿no es verdad? Artistas famosos, políticos famosos, hombres que tienen el poder del mundo en sus manos, escritores que parece que, porque escriben, pues entonces ya hay que rendirles pleitesía,, gracias a Dios que hay muchos escritores buenos, pero qué triste es cuando se cree que se tiene la verdad plena y lo que hacemos cada uno de nosotros es lo más grande que hay en la vida.

Entonces Jesús viene a decirles, quiénes son los dichosos. ¿Aquellos que logran en la tierra algo grande, esos son los dichosos? Los dichosos son aquellos que están unidos íntimamente a Dios y que no se contentan con cualquier premio o situación buena en la tierra, sino que buscan una realización plena y eterna que dé sentido a la vida. Muchas veces nosotros los hombres miramos con los ojos del mundo, aun siendo cristianos, y entonces, admiramos las cosas que el mundo admira, y cuando digo mundo, digo ese mundo que desconoce precisamente la presencia de Dios en nuestras vidas. Y lo primero que ignoran es que para que este mundo exista, hace falta un Dios grande que lo haya creado. Sino qué sentido tenemos nosotros.

Y que no se da cuenta de que la felicidad no está en lograr en la tierra muchas cosas. Eso es bueno, eso es bueno y hay que luchar. El Señor en el libro de Génesis, cuando le brinda a Adán y Eva la naturaleza, les dice, «Crezcan y multiplíquense, y el enseñoréense sobre la tierra, domínenla para bien de ustedes”. Eso tenemos que hacerlo todos y luchar. No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Me da una pena tremenda cuando uno va por ahí y ve tantos hombres, tantos jóvenes, fuertes, y, sin embargo, no están haciendo nada. Me da una pena tremenda. Eso significa que en la sociedad pasa algo, que les impide o les quita el deseo a las personas de luchar para prosperar, para ganar el sustento de su vida, y se sienten así, y eso es malo. Eso es muy malo.

Cuando los hombres no tienen la oportunidad de luchar por ellos mismos y por sus familias, y necesitan vivir, en la cabeza se le meten muchas ideas raras, difíciles y malas. Y entonces buscan ese bien, que hay que luchar, buscarlo y conseguirlo con el trabajo, por medio del delito, y ustedes saben bien que eso ha crecido bastante en Cuba, desgraciadamente entre nosotros. No, hermanos, la vida no es esa. El Señor nos dice que la vida tiene una plenitud en Cristo, que es la buena noticia, que es el evangelio, la revelación de Dios. Esa es la vida. La vida es de lucha siempre. La vida es de conquista. La vida es tratar de superarnos, pero hermanos, nunca creyéndonos que somos el culmen por muy inteligentes que seamos y por mucho poder que tengamos.

Ahí entra lo que se llama la soberbia. Cuando una persona piensa que es el centro de la vida, que ella tiene toda la razón, que no tiene que topar con la palabra de Dios y que no tiene que topar con lo que piensa su hermano, aunque sea diferente, sino que todo lo que quiere es él y solo él, y él tiene razón, él impone a los demás, muchas veces pasa eso desgraciadamente, sus criterios, entonces, ahí eso se llama soberbia. La soberbia nunca nos lleva a Dios, jamás nos lleva a Dios.

Entonces, el Señor Jesús, en aquella época le decía a la gente, «Preparen sus corazones, no se sientan dueños del mundo, escuchen la palabra de Dios, sean mansos y humildes de corazón que puedan aceptar que algún día se equivocaron”. Eso se llama conversión y que algún día el Señor los toca y les dice, «Sígueme”. Eso fue lo que pasó con Pablo, cuya fiesta la celebramos precisamente el 25 de enero, la conversión de Pablo, el perseguidor, él que se creía el que estaba haciendo lo más grande por Dios y por los judíos.

Y, sin embargo, el Señor se le acercó y le dijo, «Pablo, Pablo, ¿qué haces?». Sí, hermanos, tenemos que convertirnos y ser humildes. Pablo fue humilde y porque fue humilde, recibió el mensaje de Dios en su corazón y se convirtió en lo que es, Apóstol de los Gentiles. Él y Pedro, esos dos grandes apóstoles del Señor.

Entonces, hermanos, las lecturas de hoy nos llevan a desterrar toda soberbia, toda fantasía de creernos mejores, todos aquellos pensamientos de que no tenemos que contar con Dios, sino solamente con mi fuerza y mi esfuerzo. Qué triste es el que piensa así. En primer lugar, porque no está de acuerdo con la realidad, porque nadie es tan poderoso como saber que lo domina todo, lo sabe todo y lo puede todo. Bien. Y también porque se pierden de la palabra de Dios, que es palabra de vida eterna.

El libro de Sofonías precisamente comienza diciendo así, «Busquen al Señor todos”. Eso nos lo están diciendo ahora, aún a los que creemos en que Cristo es el Señor. Búsquenlo. Lo tienen, pero sigan profundizando, sigan buscándolo. “Busquen al Señor todos ustedes, los pobres del país que cumplen sus mandatos, practiquen la justicia y sean humildes y así tal vez encontrarán refugio el día que el Señor venga a juzgarlo”. Sí, hermanos, esa es nuestra actitud. Y para buscar a Dios hay que ser humilde.

Ante Dios tenemos que despojarnos de las cosas. decir, «Señor, ¿qué tú quieres de mí? ¿Qué tú me pides? ¿Qué tú me dices?» Entonces, ¿qué es lo que nos está diciendo esta palabra de Dios escrita muchos siglos antes de Jesús y que precisamente la iglesia nos la pone ahora? ¿Qué es lo que nos quiere decir? Busquemos al Señor de todo corazón, hermanos. No perdamos el tiempo. Cuando vayamos a valorar y sopesar nuestras acciones que el Evangelio esté presente. Esto que hago, ¿le gustaría al Señor Jesús? Y ser humilde como para aceptarlo. Aparentemente tal vez pierda algo, una oportunidad, pero en el fondo ganamos mucho porque ganamos el estar unidos íntimamente a Dios.

Muy bien. Pasamos al salmo. “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos Dios es el reino de los cielos”. Eso lo hemos rezado. ¿Quién es el pobre de espíritu? Aquel que confía en Dios. Como la Virgen. ¿Tú quieres ser la madre del Señor Jesús? No sé, no sé qué significa eso. Yo no conozco varón, ¿qué significa eso? Para Dios nada es imposible, María. Fíjate tu prima Isabel. Para Dios nada es imposible. Y el Señor te pide ¿Qué hizo ella pobre de espíritu? Señor, que se haga en mí lo que tú quieras. Así tenemos que enfrentarnos nosotros con la palabra de Dios. Muchas veces nosotros leemos la palabra de Dios y el Señor nos damos cuenta que nos está diciendo algo. Seamos pobres de espíritu. Y a lo mejor no entendemos mucho, pero sigamos.

Pasamos el Antiguo Testamento y nos vamos al Nuevo Testamento. Si en el Antiguo Testamento teníamos la ley que era expresada de forma que era negativa, no mates, no robes, no seas infiel, no seas envidioso, no maltrates a tus padres. Ese es un mandamiento que es positivo, ama a tu padre, honra a tu padre y a tu madre. Y los tres primeros son muy positivos. Adorarás al único Dios, tu Señor, guardarás su fiesta, no utilices su nombre en vano. Los demás, se han escrito de forma negativa, no hagas esto, no hagas esto otro, no hagas esto otro, no hagas esto otro.

Entonces, aquí el Señor dice que sube al monte, la gente le pregunta ¿qué es lo tuyo? ¿Tus mandamientos son diferentes al anterior? ¿Qué tú predicas? ¿Algo diferente? Jesús es capaz de decir, «Lo que yo predico no va a cambiar en nada, ni en una tilde ahí de la I, el puntico ese, eso no va a cambiar. Yo vengo a que se cumpla plenamente todo lo que el Señor nos ha dicho. Pero lo pone un poco más. Ya no lo pone como cosas negativas, no hagas esto, sino lo pone como actitud de la persona.

Y comenzó a hablar así. “Felices los que tiene el espíritu de pobre”. ¿Quién es el pobre? ¿El que carece de dinero para comprar una libra de arroz que está muy cara? Y es verdad que ese es pobre. Es decir, pobre es aquel que carece de algo. Dichosos aquellos que se dan cuenta de que ellos no tienen toda la verdad, ni todo el poder, que se sienten pobres porque necesitan de Dios para poder guiar la vida en la tierra. Y en eso todos somos pobres. Cuando uno pregunta, ¿quién de ustedes no ha cometido ningún pecado? Nadie se atreve, a no ser que sea un soberbio, un ignorante a levantar la mano y decir, «yo no.» Todo el mundo sabe que todos hemos cometido algún pecado, aquí igual. El que diga, «No soy pobre porque yo no necesito de Dios”, es un tonto, porque todos necesitamos de la palabra de Dios. Dichosos los pobres, aquellos que saben que necesitan de Dios, de ellos va a ser el reino de los cielos. Y así sigue.

Dichosos los que lloran hoy, porque recibirán consuelo tantas personas. Dichosos los pacientes, aquellos que no se llenan de orgullo y de rabia, y de deseo de venganza, sino que guarden su corazón limpio. Dichosos los compasivos. Dichosos ustedes. ¿Qué quiere decirlo el Señor con esto? ¿Que nosotros no podemos en la vida luchar, como decía al principio, porque para que todo el mundo pueda vivir lo mejor posible y para poder ser dueños, apoderarnos de toda la tierra para el servicio de los demás luchando en la vida?, eso hay que hacerlo, pero ¿cómo hay que hacerlo? Con compasión, con paciencia. Los que esperan y tienen hambre y sed de justicia, los compasivos, los de corazón limpios, hermano, así como tenemos que hacerlo.

En los diez mandamientos hay cosas, no hagas esto, no hagas lo otro, a esto, a lo otro. Y aquí van las actitudes. Que tu actitud sea la de una gente que quiere perdonar, la de una gente que lucha con la palabra de Dios en la mano. Aquellos que buscan y que dicen que la justicia la haga a Dios, y nosotros hacemos lo posible para que este mundo sea lo mejor para todos. Y aplicar justicia también, según la palabra del Señor. Hermanos, eso es lo que nos dice, lo que nos dicen estas bienaventuranzas.

Vamos a disponernos todos, hermanos. Si cada uno de nosotros, y hagamos, aunque sea un ensayo esta noche, ante una actitud en la vida y uno la compara entonces con la bienaventuranza, y yo ¿cómo he actuado? ¿He sido compasivo, he tenido el corazón limpio y a mí no me mueven otras cosas que no sea precisamente el bien y la justicia? ¿Yo me he ocultado, he ocultado mi fe porque tengo miedo de que me injurien como dice aquí, “dichosos ustedes cuando por causa mía, los maldigan, los persigan y le levanten toda clase de calumnias»? ¿Yo me he dejado llevar por el miedo y el temor y no he vivido según mi fe, porque tengo miedo de que me maldigan, me injurien o me hagan algo?

Eso es lo que el Señor nos pide. ¿Qué actitud yo tengo ante Dios? Hermanos, seamos humildes de corazón. Démonos cuenta que el Señor necesitamos del Señor para cambiar nuestras vidas, y démonos cuenta de que él tiene el poder y la gracia de cambiar nuestras vidas. Él puede, nosotros no. Él con nuestro sí, él puede ayudarnos a cambiar la vida.

Jesús dijo esto, predicó, dejó esto, los discípulos recogieron, entonces, vienen los demás cristianos, los otros. Y uno de aquellos primeros cristianos fue Pablo a los Corintios. Y entonces nos recuerda y dice, «No tengan miedo. No se dejen llevar por la propaganda. No se dejen llevar por lo que la gente dice. Fulano, no te compliques la vida. Sé creyente, pero no lo seas tanto”.¿Qué cosa es? Como el diablo se quiere colar. Y en esta carta Pablo dice, «Hermanos, fíjense aquellos a quienes Dios llamó entre ustedes”, en aquel momento, en Corintio, que la fe llegó por los barrios más malos de Corintio. Dice, «Entre ustedes no hay hombres tan cultos, no hay hombres poderosos, que ni desciende de familias famosas. Bien se puede decir que Dios ha elegido a lo que el mundo ha tenido por necio y ha despreciado”.

¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que nosotros nunca podemos presumir de que somos los mejores y por eso el Señor me escogió. No. Todos nosotros tenemos que ser humildes ante Dios y decir, «Aquí estoy, Señor. Soy pobre porque necesito”. ¿Hemos tenido esa conciencia de la pobreza ante Dios? Les pregunto, ustedes y yo, ¿hemos tenido conciencia de que ante Dios soy pobre, que le necesito para poder adquirir la riqueza o toda la riqueza que la vida me da? Pensémos en eso. Y empecemos a ponerla en práctica.

Y me gusta mucho cómo termina este pequeño eh capítulo, estos versículos de la primera carta a los Corintios. Dice así, «Ustedes mismos, por gracia de Dios, están en Cristo Jesús, el cual ha llegado a ser nuestra sabiduría, venida de Dios, no del mundo, venida de Dios y nos ha hecho agradables a Dios, santos y libres, dispuestos a estar con el Señor. Así pues, vale decir lo que dice la escritura, no se sientan orgullosos, más bien estén orgullosos del Señor”.

“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a ti todo el poder y la gloria”. Eso tenemos que repetirlo siempre, hermanos, porque es así, y es una garantía de que nos vamos a sentir mansos, humildes de corazón ante el Señor Jesús.

Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 1 de febrero de 2026 IV Domingo del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Otra vez gusto en saludarte Ya viene llegando… GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


    Me gusta

Replica a Rene M Smith Cancelar la respuesta