Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el II domingo de Pascua, 12 de abril de 2026

Queridos hijos e hijas: La lectura del evangelio que acabamos de escuchar es una de esas páginas preciosas de la Biblia en las que se nos narran dos apariciones de Jesucristo Resucitado, siempre en día domingo, y cómo, en una de ellas, ese mismo Señor Resucitado instituye el sacramento del perdón o de la confesión. Recordemos que, en la última cena del Jueves Santo, Él había instituido los sacramentos de la Eucaristía o Comunión y el del Orden Sacerdotal. Hoy Jesucristo pide a los apóstoles de ayer y a los sacerdotes de hoy que hagan lo mismo que él hizo y perdonen en su nombre a todos los pecadores que vengan a ellos arrepentidos. Si la muerte ha sido vencida por él, también lo ha sido el pecado. Y que por muy grande que sea el pecado que una persona cometa, más grande será la misericordia de Dios.  

Una invitación que escuchamos a menudo los católicos practicantes es la de acercarnos al Sacramento de la Confesión. Muchos de nosotros ya solemos confesarnos con cierta regularidad: una vez al mes, cada quince días… Pero estoy pensando ahora en la persona que aún no cree en Dios o que lo único que ha oído sobre la Confesión son críticas, burlas o cuestionamientos como éste: “¿Contarle yo mis pecados a otro hombre, pecador como yo, para que me los perdone en nombre de Dios?”.

Y yo, que soy sacerdote (pero que no “inventé” el sacramento de la Confesión), no puedo responder a esa pregunta. A quien habría que hacérsela es al propio Jesucristo que, como escuchamos, un día como hoy les dijo a un grupo de hombres pecadores: “A quienes ustedes les perdonen los pecados les quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen se les quedarán sin perdonar” (Jn. 20, 23). Deben haberse asombrado los 11 discípulos: Pedro, Juan, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el de Alfeo, Tadeo y Simón. En realidad, yo también me asombro de que Dios nos haya confiado a los sacerdotes que su perdón pasara a través de nuestras manos pecadoras.

Pero debe quedar claro que un sacerdote no puede perdonarse a sí mismo sus propios pecados sino que debe acudir a otro sacerdote a buscar el perdón de Dios, tal como lo debe hacer el Papa, los obispos y cualquier cristiano. Y tener que buscar a otro sacerdote para confesarme es para mí una suerte, porque ese sacerdote es una persona de carne y hueso como yo, y me entenderá mejor.

Al Sacramento de la confesión que instituye hoy Jesucristo se le llama también Sacramento de la Reconciliación, o de la Misericordia, o de la Penitencia. Es la invitación para dejarte perdonar por quien más te ama: Jesucristo. Es el único tribunal del mundo donde el que se acusa y, arrepentido, reconoce su culpa, ¡saldrá siempre absuelto! Demos, pues, gracias a nuestro buen Dios, compasivo y misericordioso, por el regalo de los sacerdotes y por todas las veces que nos han perdonado nuestros pecados

Hoy el evangelio nos trae, además, otro hecho. Se trata de la creación de una “mentalidad”, extendida por todo el mundo y por supuesto también muy presente en Cuba. Su fundador va a ser nada menos que Tomás, uno de los doce apóstoles. Esta nueva forma de pensar es la de las personas que dicen: “Yo no creo sino lo que veo” o lo que es lo mismo: “hay que ver para creer”.

Es un pensamiento que tuvo, pues, su origen junto con el cristianismo, el mismo domingo de la Resurrección del Señor, o sea, que tiene ya más de 2,000 años de existencia.

Quizás nosotros, cuando le hemos estado pidiendo pruebas a Dios de su existencia o de su amor por nosotros, hemos pensado así sin saberlo…

La historia del surgimiento de esta, llamémosla “nueva religión” la hemos escuchado. Repasemos…

-El Señor resucitado se aparece en la tarde del domingo de la Resurrección a sus discípulos. Tomás no estaba. Podríamos decir que “no fue a Misa” ese domingo…

-Los otros diez, cuando lo encuentran, le dicen a Tomás: “Hemos visto al Señor”. Pero él se niega a creer y exige: “Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esas heridas, y mi mano en su costado, no lo creo”. A Tomás no le ha convencido la tumba vacía…, ni el testimonio de las mujeres, ni el de Pedro y Juan, ni le ha impresionado lo que contaban Cleofás y el otro discípulo, vecinos de Emaús… No se rinde ante el testimonio unánime de todos los demás discípulos que no se cansan de decirle: “¡Hemos visto al Señor!”

En el fondo a Tomás le duele el no haber estado presente y tener que creer entonces en lo que otros le están contando… Se encierra en su incredulidad. No sólo quiere ver, sino tocar con sus propias manos…

Jesús va a prestarse, con admirable condescendencia, a todas las exigencias de su discípulo. Pero dejará pasar una semana. Tomás, a pesar de su incredulidad, no abandonará a sus hermanos, no se separará de ellos. En esto hay una lección que debemos aprender. Nunca debemos dejar la Iglesia, ni aunque estemos pasando por momentos oscuros y no entendamos. La salvación de Tomás fue esa: siguió con los suyos a pesar de no entender).

Jesús, al domingo siguiente, o sea un domingo como el de hoy, va al encuentro de Tomás. No espera a que Tomás se convenza, se convierta y venga. Jesús se aparecerá a todos, y a Tomás con ellos. Jesús viene especialmente para Tomás… y para todos los que tienen dificultad de creer… Y en esta ocasión, Tomás sí está “en la Misa del domingo”.

Y las primeras palabras del Resucitado son para él. “Tomás: Trae tu dedo, trae tu mano, toca”… Y, a continuación, recibe un reproche que es una exhortación cariñosa: “No seas incrédulo, sino creyente”. Abandona esa religión que has creado y cree en mí. Y ya conocemos el final de esta historia.

También es cierto que hoy debemos darle gracias dobles al apóstol Tomas:

a) Las primeras gracias a Tomás se la damos por su extraordinaria profesión de fe resumida en cinco palabras: “Señor mío y Dios mío”, frase que ojalá siempre pronunciáramos en silencio en el interior de nuestro corazón cada vez que se nos muestre en la misa el pan y el vino consagrados, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

b) Y las segundas gracias a Tomás son porque, gracias a su duda, Jesucristo Resucitado regaló a este mundo una bienaventuranza más. Si antes, como narra el evangelio de San Mateo (5, 3-12) Jesucristo había dicho ocho bienaventuranzas al llamar “bienaventurados”, “dichosos” a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz y a los perseguidos por hacer el bien, ahora dirá una novena bienaventuranza, en la que nosotros todos estamos felizmente incluidos: “Tomás, tú has creído porque me has visto, ¡dichosos los que crean sin haber visto!”

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