Queridos hijos e hijas que me escuchan a través de este medio. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos ustedes.
Hoy los cristianos de todo el mundo celebramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Fiesta de la Santísima Trinidad es, después de Navidad y Pascua, una de las festividades más grandes de nuestra fe.
Esta fiesta comenzó a celebrarse hacia el año 1000, y fueron los monjes los que asignaron el domingo después de Pentecostés para su celebración. El domingo de la Santísima Trinidad fue instituido relativamente tarde, pero fue precedido por siglos de devoción al misterio que celebra. En el año 1334 se introdujo como fiesta oficial en la Iglesia.
La Santísima Trinidad es ciertamente un misterio, una verdad de fe que Dios nos ha ido revelando poco a poco: un sólo Dios en tres personas distintas. El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Es el misterio del amor de Dios y ante él, la capacidad del hombre es limitada; por eso Santa Juana de Arco expresaba: “Dios es tan grande que supera nuestra ciencia”. Sin embargo, por la fe, nos abandonamos en la profundidad de lo desconocido porque somos capaces de experimentar su presencia real en nuestras vidas. Lo fundamental no es entender lo no explicable, sino dejarse seducir por el misterio para que Dios se haga presente en nuestras vidas.
Hoy por lo tanto les quiero hablar de Dios desde mi experiencia. De este Dios que me ama tanto, y te ama tanto, que envío a su Hijo para darnos Vida Eterna.
El Dios en el que creo tiene conmigo una relación tan filial que me enseñó a llamarlo Padre, y por eso, sin faltarle el respeto, puedo dirigirme a Él tratándolo de Tú. Puedo contarle mis preocupaciones y miedos, poner en sus manos los planes que deseo realizar, comentarle cada noche lo que he vivido durante el día y a la vez hablarle de mis familiares y amigos, de aquellos a quienes conozco y a quienes no, pero que quisiera que Él también los tenga presente.
El Dios en el que creo es también mi Hermano y como tal puedo compartir un chiste, pedirle ayuda con un proyecto difícil, o simplemente decirle: “acompáñame que esta etapa es dura y no quiero estar solo”. Pero sobre todo es “mi amigo, mi confidente”. Sé que me ama tanto y de manera tan única, que aunque seamos millones de hermanos en el mundo entero, yo no le soy un desconocido, ni un olvidado. Jesús es mi compañero en el camino y no quisiera ni por un momento, dudar de su presencia.
El Dios en el que creo es además mi fortaleza, mi guía, mi consuelo. Toda palabra que sale de mi boca es inspirada por Él. Es el Espíritu que impulsa mi cuerpo y mi alma para que cada acción que realice sea para mayor gloria de Dios. No me pudiera estar comunicando contigo, si el Espíritu Santo no hubiera trabajado conmigo para preparar lo que te quería anunciar hoy.
Así es Dios para mí, y deseo con todas mis fuerzas que tú también lo conozcas igual. Que no sea para ti un desconocido, o que te lleves una idea equivocada de quién es Él. Desde mi experiencia quiero que descubras al que mueve mi existencia. Y no sólo la mía, sino la de muchos que a lo largo de los siglos y en el mundo entero, han hecho opción por Dios y se entregan a su servicio en los hermanos. ¿Qué distinta sería nuestra vida si siempre invitáramos a Dios a ser parte de ella?
Hoy es un día para celebrar nuestra fe, que no es sólo creer que Dios existe, sino creerle a Dios. Porque muchas veces aseguramos que Dios es real, pero nos cuesta abandonarnos en sus manos y creerle cuando nos dice que nos ama. Lo cuestionamos cuando algo nos sale mal o tenemos que vivir una experiencia de dolor fuerte, o ante el dolor de otras personas. Es ciertamente muy difícil hablarle a una madre que acaba de perder a un hijo, sobre el amor de Dios; o decirle a quienes tras el paso de un huracán ven desaparecer su casa bajo los escombros, que Dios nunca los abandona. Y así podríamos estar dando una larga lista de experiencias de tristeza, de injusticia, de miseria.
Ante estas realidades de la vida los hombres estamos invitados a mirar a Cristo Crucificado. Es el Hermano que se entrega y da la vida para que la humanidad se salve del pecado. Es Dios que se abaja, se encarna y sufre nuestras mismas vicisitudes; por eso al contemplarlo a él podemos entregarle nuestro dolor, porque Él sabe lo que se siente, lo ha vivido en su propia carne y le ha dado un nuevo sentido y una nueva esperanza: la resurrección.
Cuando te enfrentes al sufrimiento y las miserias humanas, no te preguntes dónde está Dios que permite esta realidad, pregúntate que haces tú para cambiarla, porque somos las manos, los ojos, el corazón de Dios en medio del mundo. Y si el hombre actuara de acuerdo a los planes de Dios, el sufrimiento y las miserias humanas serían mucho menos.
Abre tu corazón al amor de Dios, confiando en sus palabras. Deja que sea Él quien cautive tu mirada. Aprovecha tu tiempo para estar con Él. Cultiva los ratos de oración personal. Experimenta la dicha de hablar con Dios con la cercanía con la que tratamos a nuestro mejor amigo. Nunca tengas miedo, recuerda que eres hijo del Todopoderoso, para quien nada es imposible y que no se mueve ni un solo pelo de nuestros cabellos sin que Él lo permita. Siempre, siempre: Adora y Confía.
Que la Virgen de la Caridad, nuestra Madre, nos acompañe siempre y ponga a Jesús en nuestro corazón.
